A TRAVÉS DE LA PIEL.
El viejo reloj de péndulo interrumpió uno de nuestros silencios, con su hora lorquiana y yo encendí un cigarrillo, para compensar un inmejorable café. Y en el mismo silencio interrumpido, bajo un impulso telepático nos levantamos y salimos al patio interior, de aquella apacible casa de campo, buscando algo de sombra y alguna ráfaga perdida de aire en movimiento, que nos hicieran más tolerable aquella calurosa y plomiza tarde del mes de Agosto.
Salimos cogidos del brazo y le ayudé a sentarse donde él me indicó, colocándole una silla de nea junto al fresco brocal del pozo de piedra, bajo la gran y aromática parra de uvas pasas.
Sólo se oía el reiterativo canto de un aplicado coro cigarras y algún que otro trino perdido en el calor. Y se olía a rastrojo y a campo seco y a parra de uvas pasas.
Yo pensaba en mil cosas al mismo tiempo, entre ellas, el verano, el calor, y en el sopor que me estaba entrando.
Él, leía sin despegar los labios, sin aplicar la mirada al libro que entre las manos tenía, con una sonrisa estática, inmóvil podría decirse si no fuera por la forma con la que acariciaba con la yema de sus dedos cada blanca página.
De repente llamo mi atención, preguntándome si conocía a no se quien escritor. Le dije que no, y casi sin esperar mi respuesta, comenzó a leer en voz alta:
“Las palabras no son nada,
si en mi mente no juego con ellas,
y en un frenético baile de salón
consigo dibujar mis ideas.
De la palabra a la idea,
construyéndola con lo que soy,
con lo que para mi escribo.
Y escribo porque en las palabras,
me encuentro y estoy conmigo.
Me sobra la obra perfecta.
Me basta sólo con poder,
dejar fluir las palabras,
y encaminarlas con mi escritura,
viendo como surge la vida,
al tiempo que se van entrelazando
ideas y palabras”.
Lázaro, que había leído con entusiasmo a su autor predilecto, calló un momento y secó las sudorosas yemas de sus dedos, con un largo y meditado soplo.
Y mientras tanto entre nosotros, esta vez no fue el silencio, sino que pasó un ángel bajo la sombra de aquella bendita parra, que me invitaba a una siesta sureña.
- ¡¡Puto viejo loco!! Tejedor de palabras…
Supongo que tal como le llegó a su mente, le llego a la boca a juzgar por la carcajada con la que rompió su sonrisa estática. Y lo dijo cariñosamente, para sí, y un poco también para mí, al tiempo que sosegadamente cerraba su punteado libro escrito en Braille.
Había pasado la hora de la siesta, el aire parecía comenzar a moverse y el crepúsculo se adivinaba a lo lejos, cuando nos apeteció dar un paseo y esta vez en lugar de cogerme del brazo, apoyó el suyo en mi hombro y me dijo mientras caminábamos…
“No obstante para este ciego, las palabras difieren si son leídas o escritas. Las primeras corresponden a la visión de otro, son más frías, más secas. Las palabras con que escribo me dan sentido, es como mi ropa interior, íntima y pegada a mí. Sudada por mí.”
Y paseamos entre opiniones, hasta que consumimos el resto de la tarde.
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