PABLO CASSI
LA ESPANTOSA
VIRGINIDAD
DE LAS FEAS Y OTRAS
HISTORIAS
Ediciones
Fundación “Ernesto Montenegro”
San Felipe
1993
“Yo no escribo para matar el tiempo
ni para revivirlo.
Escribo para que me viva y reviva”
RAMÓN LÓPEZ VELARDE
(Mexicano)
Para Anabi, el azar lleno de sentido.
ESA CIERTA EXTRAVAGANCIA QUE TRAICIONA A LAS MUJERES QUE ENVEJECEN
MARIETT SE DETUVO UN MOMENTO PARA OBSERVARLA. EL traje sastre de color azul que le había regalado era demasiado estrecho para el voluminoso cuerpo de la joven. No obstante su fisonomía adquirió un cierto aire seductor.
—¿Dónde vas a ir?
Hubiera querido retenerla y ofrecerle a cambio de su compañía, frascos de perfumes y estuches de cosméticos que por años guardaba, solamente para escucharla contar aquellas antiguas historias del trauco y de la pincoya o sencillamente para sentir como lavaba la loza después de la cena, entonando inconfundibles melodías chilotas.
Durante los primeros días Florentina había ocupado una habitación contigua a la de Mariett. A la semana después optó por cambiarse a otra pieza en el fondo de la casa. No podía dormir. Los desvaríos y gritos de su patrona en mitad de la noche se habían transformado en terribles insomnios para la muchacha.
Florentina consideró que era necesario buscar otro empleo, de lo contrario terminaría tomando pastillas para dormir. Esa mañana no vaciló en retornar sus pequeñas pertenencias al bolso plástico que publicitaba una marca de lencería importada.
Como de costumbre preparó el desayuno de la señora. Abrió
suavemente la puerta del dormitorio y pudo constatar que aún dormía. Sobre el velador un par de frascos abiertos, unas cuantas pastillas repartidas por todo el dormitorio y una botella de brandy a medio beber. Se sentó en un borde de la cama y esperó pacientemente hasta que decidiera despertar. El reloj de péndulo dio las once campanadas exactas y de entre las sábanas, emergió el rostro demacrado de Mariett con unas ojeras tan azules como el color de sus ojos. Miró a la muchacha que permanecía inmóvil a su lado. Florentina la saludó como todos los días y ella, irrumpió en un llanto silencioso.
Se aferró a las sábanas y esta vez sus lágrimas distribuyeron el rimmel por toda la superficie de su rostro. Florentina no fue capaz de decirle, en ese momento que había resuelto marcharse.
Mariett permaneció gran parte del día en su habitación viendo sus películas favoritas y escuchando las primeras canciones que grabara Frank Sinatra.
A la hora de la cena dispuso la mesa. Pan de centeno, ensalada de apio, endivias y el acostumbrado vaso de agua mineral que apenas probaba. Llamó a la puerta y con voz suave le dijo que estaba servida. Ella con la vista fija en el muro parecía no escucharla. Florentina se acercó hasta su cama:
—Deseo decirle algo señora.
Ella insistía en no escucharla. Seguía absorta con las canciones de Sinatra que le daban vueltas en su cabeza, haciéndole recordar su juventud.
—He decidido irme —dijo la muchacha.
Apenas percibió las palabras de Florentina, un gesto de indiferencia se dibujó en su rostro, dio vueltas la cabeza y quedó absorta mirando fijamente una pintura que colgaba de la pared de enfrente.
—Deseo irme —insistió Florentina—. No creo que pueda acostumbrarme a usted ni menos a esta casa.
Mariett por primera vez en su vida había escuchado una voz de rechazo. Se apresuró en persuadirla para que abandonara esa actitud.
—No te preocupes. No volverá a suceder. Prometo que mañana visitaré a mi psiquiatra. Ya verás cómo mejoro.
Florentina salía impajaritablemente los sábados. Era la noche en que Juan el dependiente de la farmacia, tenía libre. A eso de las diez la esperaba en la esquina con la mejor lavanda repartida en todo su cuerpo y un beso gusto a dentífrico.
—El cine de la calle Huérfanos exhibe una película que según mi jefe es lo mejor que se ha filmado en la cama —dijo Juan con su acostumbrado optimismo.
Ella prefirió mirar la pequeña luz roja que se encendía en la torre de Entel y haciéndose la desentendida le preguntó como era eso de la restricción vehicular. Nada le contestó él. Caminaron un par de
cuadras en silencio y al llegar a Morandé habló nuevamente:
—Mi jefe me la recomendó, debe ser buena. Si tú supieras todas las mujeres que tiene. ¿Creerías que te miento?
—¿Cómo es que se llama la película?
—Átame —Le contestó, mirándola fijo a los ojos.
Cuando ingresaron a la sala, la película había comenzado. En la pantalla se veía a un hombre, paseándose nervioso con un vaso de ginebra. Hablaba fuerte para que lo escuchara la pelirroja que se duchaba con toda parsimonia. El le decía que se apurara, que hacía media hora que estaba debajo del agua. Entonces la mujer decidió salir con el cuerpo mojado y una toalla en la mano derecha para que el hombre secara su cuerpo. Los ojos de él se desorbitaron y abalanzándose sobre ella, le cubrió el cuerpo de besos y luego deslizó su mano por los senos de la mujer.
Florentina tuvo que retirar con fuerzas las manos de Juan que se habían depositado entre sus piernas.
—Tengo deseos de hacer el amor contigo —dijo él.
—No aquí, por favor.
Esperaron que la película terminara y se encendieran las luces para abandonar la sala. No querían ser los primeros en salir. Luego ingresaron en un bar y él se ubicó cerca de la ventana con las manos
temblorosas. Ella lo observaba.
—¿Qué deseas comer?
—Nada —respondió ella.
Juan comió lo de costumbre. Dos lomitos con palta y cuatro cervezas heladas. Encendió un cigarrillo, guiñó el ojo izquierdo al garzón en señal de que no había nada más que hacer. Abandonaron el restaurante por una puerta lateral y él aprovechó para tomarla por la cintura y darle un beso en la mejilla. Abordaron la escala automática del paseo Ahumada y una vez en la estación del metro se sentaron a la espera del próximo carro.
—¿Te gustó la película?
Ella parecía un poco molesta por tanta tontería y dijo que sí para no defraudarlo. Una vez en la Estación Central, caminaron en silencio hasta una pieza en el segundo piso de una residencial para jubilados. Ahí pasaron el resto de la noche. Ella quejándose del somier de huinchas que la dejaba buena para nada y él, prometiéndole por enésima vez que para esta Navidad, compraría una cama de dos plazas. Todos los sábados hacían lo mismo y lo seguirían haciendo quizás por muchos sábados más.
Pese a que Mariett había desterrado de su cabeza esa morbosa curiosidad de saber que hacia Florentina todas las veces que salía con Juan, insistía en inmiscuirse en la vida de su empleada.
La muchacha no tardó en percatarse que muchos de los gestos generosos de Mariett, conllevaban implícito un compromiso. A cambio de perfumes pasados de moda y ropa interior, ella debía contarle sus experiencias sexuales como aquellas historias del pueblo chilote que adornaba a veces con una excesiva fantasía. La muchacha esta vez silenció los labios y no hubo forma que dijera palabra alguna.
Esa noche antes de retirarse a su habitación para escuchar el programa “Corazones Solitarios” de la radio Yungay y leer hasta avanzadas horas de la noche aquellas novelitas de Corín Tellado, con un tono de mucama de teleserie mexicana preguntó desde la cocina:
—¿Se le va a ofrecer algo a la señora?
Mariett aguardaba con miedo ese sobresalto que le producía la puerta al cerrarse. Había caído inconscientemente otra vez en el juego prosaico de las suposiciones.
A la semana siguiente Florentina se miraba una y otra vez en el espejo. La blusa transparente permitía adivinar la forma de sus senos, la falda ceñida y de color verde armonizaban con sus zapatos de grandes tacones. Un delicado perfume revestía su piel morena.
—¿No tienes miedo de salir sola?
No iré sola —contestó la muchacha.
Se miraba por última vez en el espejo y su figura estilizada adquiría una belleza natural. Se dirigía a la puerta cuando Mariett la
llamó:
—Si te pidiera que te quedaras. ¿Lo harías? Tú sabes que no me siento bien —dijo la mujer.
Estupefacta escuchó el sonido de sus propias palabras que se perdieron en la oscuridad del pasillo.
—¿Desea la señora que le caliente un poco de leche? Contuvo el deseo de insultaría y se arrepintió de haberla rogado la otra noche. Debió haberle dicho que se fuera que ya no la necesitaba. Se sintió humillada por el calendario, invadida por la soledad que había terminado por recluirla en el pasado. Recordó a su primer marido y aquella frase en el momento de la nulidad matrimonial que hoy recobraba nuevamente vigencia.
Le agradaba a veces escucharse así misma. Buscaba con nerviosismo en su agenda el número de teléfono de alguna amiga ya distante para contarle de su viaje a Europa y que cada cierto tiempo recordaba. No siempre tenía la suerte que alguien la escuchara. En más de una ocasión tuvo que sufrir la sutil humillación de alguien que le dijo que —sentía no poder atenderla—.
Cada vez que esto le ocurría, la mayor de las veces, se sentía avergonzada al tratar de reconquistar o comprar viejas amistades.
La biblioteca fue un lugar para no sentirse sola. La intención de releer algunas de las páginas de Madame Bovary, era para reafirmar esa absurda tesis que Flaubert había escrito esa novela pensando en ella.
En su juventud se había buscado en innumerables lecturas de los más grandes autores de la literatura universal, subrayando con lápices de colores aquellas escenas que habría deseado vivir. Todos los intentos de encontrar al príncipe azul fueron en vano. Ahora ya nada esperaba y en el mejor de los casos, muy poco de la vida.
—¿Quizás soy la Madame Bovary de la familia? —se preguntó con cierta ironía.
Recorrió con manos vacilantes cada uno de los libros. En perfecto orden reposaban Kafka, Prouse, Whitmann, Sartre y Pearl Buck. En otro tiempo estuvieron en casa de sus padres. Ahora ocupaban una habitación completa en el segundo piso de su antigua casona de calle República.
La carta de su último marido fue escueta y fría como todas las anteriores. Escrita a máquina y con membrete de la empresa apenas consignaba el nombre. Se había acabado aquel tiempo de las esquelas celestes y perfumadas, el bouquet de flores los domingos después de la misa de doce o los chocolates importados para el día de su cumpleaños. Pudo entender, aunque tarde, que aquellas finas atenciones fueron algunas de las tantas escenas de una larga comedia, donde nadie sabía su desenlace.
Leyó la carta en voz alta como si estuviera frente a él, desafiándolo, no implorando algunas migajas de afecto como él a veces lo creía: “Por segundo año consecutivo la exportación de frutas arroja pérdidas. En Filadelfia todo va de mal en peor, hasta los estibadores han saboteado nuestra carga y los gringos ya no quieren saber nada de
kiwis, peras y duraznos, mientras no cambie el régimen. No creo poder enviarte ni siquiera un miserable dólar. Créeme que lo lamento”.
Mariett, concluyó de leer la carta y como todas las anteriores fue a parar al papelero. Pese a las aparentes dificultades económicas, conservaba sus costumbres de mujer pudiente. El mobiliario de estilo, tallado en encina, las lámparas francesas y la colección de obras de Juan Francisco González bien pudo haberlas vendido al norteamericano que la telefoneó desde el Sheraton.
No estaba dispuesta a esta altura de la vida, a privarse de aquellas cosas que más quería: ni por el Mercedes Benz último modelo o el departamento en Las Condes. Recordaba que su padre siempre había sostenido —que se debe vivir con clase en las buenas o en las malas.
Mariett derrochaba con cierta espectacularidad el dinero que mensualmente daban sus acciones en la Bolsa. Recorría todas las casas de antigüedades, comprando lo que creía necesario para implementar su pequeño museo. Disfrutaba al escuchar a los an-ticuarios cuando hacían mención sobre una pieza de colección que la ligaba con algún antepasado suyo. La copa de cristal que tenía en sus manos era la misma donde su abuelo había brindado por la libertad de culto en el país.
—¡Mi abuelo! —dijo en voz alta—El más grande estadista que haya tenido este país... como se lo grité al comunista de mierda de mi último marido.
El vestido que llevaba puesto, sobrio en apariencias, evidenciaba un vago desorden, una cierta extravagancia con la que se traicionan las mujeres cuando envejecen y no tienen a nadie que les dé consejos. En su juventud se reía de su tía Francisca, una solterona a la que criticaba por los anchos escotes, los sombreros de plumas, los quitasoles amarillos y una mirada en exceso sensual para una mujer que no sabía mucho de caricias. Ella, sin darse cuenta, había adquirido la misma costumbre. A minutos que le gritaran —vieja chiflada— y la confundieran con aquellas mujeres que esperaban tardes enteras a jóvenes sin oficio en un banco de la plaza.
Ningún lugar le proporcionaba el más mínimo consuelo. Siempre había alguien que la observaba con demasiada curiosidad para luego acercarse y decirle que —tenía los ojos más hermosos del mundo—. No se atrevía a estas alturas de la vida a emprender una aventura.
En vano vestía de gris, buscando las calles del barrio Bellavista para confundirse con el ruido ensordecedor del teatro callejero, con los cantautores protestas y los payasos pornográficos. Durante mucho tiempo había deseado sentirse partícipe de ese ambiente extravagante. Ocupó la última mesa del Café Praga, en el rincón más apartado. Pidió un expres y un paquete de cigarrillos y se quedó absorta en medio de ese tráfago humano que desfilaba frente a sus ojos. Repentinamente la invadió esa extraña sensación de sentirse espiada por el triste recuerdo de sus fracasos matrimoniales y por la manifiesta ironía de sus escasas amistades que la creían una Elizabeth Taylor en decadencia.
—No puedo pasarme la vida escondiéndome de mí misma— dijo en voz alta. Sabía que era necesario contar con aquella fuerza
interior para permanecer aún, entre aquellos estrechos límites de la cordura. Esa noche decidió desafiar a la soledad. Pudo en un instante haber perdido esa pequeña ventaja y caer nuevamente en el lugar de la melancolía si algún conocido la hubiera descubierto. No tenía mucha conciencia de lo que estaba ocurriéndole en ese instante, si podía presentir como propio ese extraño encanto que poseen los solitarios.
—¿Podría alguien creer que tengo casi...? —se dijo con un ademán de franca coquetería.
Dejó resbalar los dedos lentamente por sobre la superficie de la mesa, acariciando la taza vacía, depositando suavemente contra el cenicero un cigarrillo a medio fumar. Sentado en frente de ella, un hombre maduro bebía un vaso de cerveza. No tenía prisa alguna y se dio todo el tiempo en preparar su pipa. Las primeras volutas viajaron rápidamente en busca del olvido. Cada ruido del exterior adquiría un valor absoluto: un bocinazo, la risa de una muchacha que había bebido más de la cuenta y un flautista que interpretaba a Mozart por algunas monedas.
Mariett midió con la vista la escasa distancia que los separaba. El hombre se cruzó de brazos y en una actitud de diálogo, dejó caer el rostro sobre la mesa. La camisa rota en los puños y el rostro sin afeitar corroboraban su aspecto desordenado. No obstante, él seguía observándola tratando de descubrir en aquel rostro algo que llamaba la atención. En principio ella sintió miedo pero logró controlarse para no salir escapando por entre las mesas. A medida que transcurrían los segundos, aumentaba la impaciencia, la fisonomía de aquel extraño
ganaba terreno en el espacio exterior de su conciencia. Algo había en ese solitario que delataba su pobreza.
La densidad de la noche que se había apoderado de la boca de ambos, inundó de interrogantes cada gesto, cada mirada, hasta inmovilizar el aire. Repentinamente se quebró el silencio.
—¿Qué es lo que pretende? —dijo con un tono altanero. El volvió a clavar sus ojos en las pupilas de la mujer que parecían dos faroles encendidos.
—¿Me permite fotografiar su rostro?
Ella retiró de la mesa ambas manos con la misma suavidad con que acariciaba la taza vacía, mientras él, extraía de un bolsón de cuero una Canon a la que acondicionaba una lente.
—¿Para qué desea fotografiarme?.
—Si le explico en este minuto voy a perder la oportunidad de retratar el rostro más atractivo que he visto en mi vida.
Ella no contestó nada. El flash de la cámara seguía rompiendo en forma intermitente la penumbra de aquel rincón y Mariett pensó que aquello era parte del juego exótico que ofrecía a los noctámbulos el Barrio Bellavista.
Cuando el hombre concluyó la última fotografía, ella cogió la cartera y mirándolo a los ojos, sonrió levemente y dando media vuelta
se alejó. El también intentó sonreír, pero ya era tarde. Ella comenzaba a perderse entre el tumulto. Se apresuró por guardar todo en el bolsón de cuero negro y logró darle alcance en mitad de la cuadra.
—¿Puedo decirle para quién trabajo?
Ella no manifestó ni el más leve interés. Al contrario apresuró el paso. Parecía algo molesta. Entonces él se cruzó por delante de ella y volvió una vez más a mirarla fijamente. Mariett sintió el aliento masculino hecho de tabaco y cerveza y no pudo evitar lo inevi-table de un hombre, sentir que nada aún le resultaba extraño, como ese inconcluso desorden en el vestuario que la hizo adivinar al igual que ella que no tenía a nadie a quien darle cuenta de la vida. Estuvo a punto de insinuarle que fueran a otro lugar para charlar y tomar un trago. Algo la detuvo.
—¿Cuándo podré ver esas fotos?
—El sábado a esta misma hora. Le parece bien que nos encontremos en el Praga.
—Es posible —contestó ella.
Y esta vez cambiando de vereda, atravesó la calle casi corriendo para abordar el primer taxi. Una vez en su pieza y mientras preparaba el primer trago de la noche, intentaba recordar cada uno de los momentos, el rostro de ese hombre que denotaba abandono y falta de cariño. Trataba de ordenar en forma cronológica los instantes vividos. Deseaba saber si valía la pena un nuevo encuentro.
Inconscientemente abrió las puertas del closet e inició el largo rito de probarse una docena de trajes de diferentes tonos. Algunos aún conservaban intactos los alfileres y las gruesas etiquetas de cartón forrado.
Se detuvo por largos minutos frente al espejo y se redescubrió en el azul de un vestido que nunca había usado.
Cuando Florentina ingresó a la habitación como todas las noches, llevándole el vaso de leche tibia, que al igual que el de mineral apenas probaba, no pudo creer en todo ese desorden. Zapatos, carteras, blusas y faldas estaban repartidos por toda la pieza.
Mariett no pudo disimular frente a los ojos de la muchacha que una alegría interior la invadía, pese a que intentó censurarse.
—Florentina —dime— ¿cómo luce este vestido azul? La muchacha guardó silencio un instante. Un rubor invadió su rostro y no podía creer en la imagen que se reflejaba en el espejo.
—¿No me va a decir la señora que tiene una cita?
—dijo la muchacha haciendo un gesto de complicidad.
—No lo sé. Aún no lo sé —dijo Mariett...
MI PADRE NO PUEDE ENTENDER QUE LOS RELOJES SEAN DESECHABLES COMO LAS LATAS DE CERVEZA
ESTABA TENDIDO EN LA CAMA TRATANDO DE conciliar el sueño. El ruido del Puerto con sus grúas violaba el silencio en cada rincón de la pieza. Abrí los ojos y decidí levantarme. Tenía la boca amarga y sobre la frente me caía un mechón de pelo oscuro que rápida-mente volví a su lugar. Caminé hacia la ventana y la abrí suavemente. Llovía. La vitrina de la farmacia estaba apenas iluminada y la ampolleta de neón que la noche anterior colgaba de un poste de la esquina, alguien la había quebrado. No pude fotografiar con mis pupilas el rostro de la lluvia y sin embargo la brisa húmeda sacudió mis pesados párpados.
Medí inconscientemente la distancia que había hasta el bar, no obstante, sabía que desde ese lugar no podría ver a Sofía. Una vez más tuve para mí un par de palabras amables que hicieron volverme nueva-mente a la cama.
Cada vez mis períodos de insomnio eran más frecuentes. Según el psiquiatra no tenía remedio; erraba mentalmente, entregándome con ilimitada pasión a todas las furias de la imaginación, maldiciendo de viva voz a los dirigentes del sindicato por la pésima negociación que habían conseguido de la empresa. Todo había sido un show bien montado, igual que las promesas del Diputado que después de electo nunca más se supo de él. Me costaba conciliar el sueño. Un vaso de ron era lo único que lograba incinerar mis inútiles monólogos.
A las seis de la mañana la sirena de los Astilleros de la
Armada se clavaba vertical en mis oídos. Me levantaba con la parsimonia de un sonámbulo y si había agua caliente en el Trotter eléctrico me bañaba, de lo contrario lo hacía en la fábrica unos cuantos minutos antes de la hora de salida, sin que el jefe se diera cuenta.
Abordaba el viejo Scania que iniciaba su recorrido dos cuadras antes de mi casa y me ubicaba en la misma butaca de hacía cinco años, frente a la puerta de emergencia. Las calles a esa hora escondían detrás de los contenedores un malecón poblado de gaviotas y alcatraces.
--¡Qué forma de insultarse esos tipos del pasaje!
—dijo el Gitano mientras se abotonaba el cuello de la camisa. Bostecé por segunda vez y con el codo limpié el vidrio que se había empañado. Me acomodé en la butaca y levantando las solapas del abrigo me sumergí hasta las orejas. El Gitano me miró molesto. Murmuró, luego dijo —Te faltan pantalones para tomar decisiones.
—¿Y qué quieres que haga? —le contesté— Tú sabes cómo es esa gente. Los que tenemos que irnos somos nosotros. Ellos no se van a mover. ¡Entiéndelo de una vez!
El Gitano esta vez subiendo el tono de la voz me dice: —hablaré con el Alcalde, iré a los diarios y a las radios, le contaré a los curas y a quien desee escucharme que este barrio se ha transformado en un antro de putas y maricones. Vas a ver como saco a estas mierdas.
Nunca se sabe con el Gitano hasta donde puede llegar una conversación. Un simple tema o un trivial comentario es capaz de convertirlo en titular para la portada de “La Cuarta”. Prefiero detener el diálogo y dos cuadras antes que el Scania llegue a la Aduana, le palmoteo la espalda y deseándole un buen día me bajo para meterme derecho en la fábrica, ponerme el buzo azul y darle duro al torno hasta que el reloj control me avise que otra vez son las siete.
En el Puerto todos conocen mi barrio como la manzana de Europa. Debe ser que las casas tienen un estilo diferente. Ninguna se parece a otra. Cuando las construyeron yo ni siquiera había nacido. Mi padre me contó que en su mayoría eran inmigrantes: catalanes, marquellanos de ancona, berlineses y algunos italianos. El pequeño condominio, sin ser elegante, tiene sus características. La limpieza de sus calles y murallas, los pequeños jardines y macetas con flores que cuelgan de los balcones lo hacen atractivo, a tal punto que los turistas no han dejado rincón sin fotografiar.
Pero después llegó ese señor de aspecto centroamericano, calvo y de apenas un metro cincuenta, en un Mercedes blanco, ofreciendo comprar billete en mano todo el barrio. Muchos vendieron para no tener que seguir soportando cada noche a los que levantaban barricadas, quemaban neumáticos y gritaban consignas en contra del gobierno.
Fue ese año en que a mi padre se le metió en la cabeza la idea de vender la casa. En buena hora se arrepintió. Creo que lo detuvo ese inmenso cariño por los cincuenta años de oficio, razón que fue suficiente para que el Sindicato de Relojeros de Chile por votación unánime del directorio, le hiciera entrega de una medalla de oro en la
celebración de los 450 años del Descubrimiento de Valparaíso. Además creo que se le vino encima toda la nostalgia de los relojes de péndulo:
Ansonias, Kaisser, Junghans y Gustav Becker. Una valiosa colección que a su muerte sería donada al Museo del Servicio Hidrográfico de la Armada.
Cuando regresé a casa persistía la llovizna. Mi padre recostado en su sillón dormitaba. El locutor de la televisión entregaba el primer informativo de la noche. Permanecí de pie junto al viejo por unos mi-nutos. A veces me preocupaba verlo dormir en las horas más inusuales. Llevaba puesto los pantalones de franela oscura, abrigo escocés y la boina de lana negra que Antonella le había tejido para el día de su cumpleaños número setenta y cinco. Mi papá ni siquiera se percató de mi presencia. Pude haberle sacado el Longines de oro del bolsillo de su chaleco. Hasta sordo se había puesto con esto de escuchar tantas campanadas y carillones.
Sobre la mesa del comedor estaban el termo con leche caliente que nos dejó mi hermana, queso francés, mermelada de damascos, pan de centeno y un poco de vino. Ella en raras ocasiones cenaba con nosotros, sobre todo si era invierno, prefería refugiarse en su pieza con rumas de revistas de moda. Come poco porque según mi padre — aún tiene pretensiones sentimentales.
Ha dejado de llover y las últimas gotas se deslizan por la ventana. La farmacia cerró hoy más temprano que de costumbre. La ampolleta de neón que quebraron la otra noche aún oscurece la esquina.
Veo la hora en cualquier muralla y espero impaciente el preciso instante en que Sofía debe atravesar la calle para abordar el bus. Aún no sé por qué me preocupo de ella, debe ser porque siempre la he visto sola.
Intento todas las veces que es necesario dormir sin tener que recurrir a los somníferos ni al ron. El doctor me ha dicho que debo respirar profundamente y exhalar el aire de mis pulmones como quien expulsa pequeñas volutas de humo. Imagino que he caminado todo un día por el bosque y es tanto el cansancio que en cualquier momento puedo quedarme dormido.
Empiezo a creer en la factibilidad de este método y en la historia del bosque. Esta noche he logrado dormir al menos una hora más de lo acostumbrado.
La sirena como es habitual atraviesa mis tímpanos y también los de mi padre que hace una hora ya está en pie. El prepara el desayuno con la misma tranquilidad que repara los Ansonias y luego se queja de cualquier cosa para tener algo que decir. Cuando faltan dos minutos para las siete me despido de él con un beso en la frente.
En la esquina me espera el Gitano. Siempre está con los brazos cruzados y la mirada puesta en el pavimento, tratando de interrogar a sus zapatos o a la huella que otros dejaron.
—Ayer estuve con los periodistas de El Mercurio
—dice con un aire triunfalista—. Cualquiera de estos días se dejarán caer con gráficos y grabadoras. El reportaje será de miedo y ésta va a ser la primera incursión que realizaremos por tierra para luego
bombardearlos desde el aire con la palabra —moral—.Le sonrío amablemente y no deja de extrañarme ese lenguaje bélico que emplea y, como es de costumbre, nos sentamos en las mismas butacas y practicamos el mismo rito de todas las mañanas. ¿Hasta cuándo? Ni yo mismo lo sé. El Gitano creo sin temor a equivocarme es un buen tipo. Lo conozco todos estos años y sólo en este último tiempo hemos hecho buenas migas.
Antonella dentro de siete días estará de cumpleaños. Ella es la mayor de cuatro hermanos y ocupa el segundo piso de la casa después de que falleciera mi madre. Es modistas, así dice el diploma que cuelga entre sus figurines y confecciona trajes exclusivamente para la llamada gente “bien” Aldo es el que la sigue en edad y se parece mucho a mí, o yo a él. La gente tiene ambas versiones, pero él está casado y tiene la mejor casa de ventas de relojes. Hace tan sólo tres meses lo nombraron representante para Chile de la Omega. Vitorio es el menor y todos dicen que Robert Redford se parece mucho a él. Es ingeniero electrónico y trabaja para la Seiko Tapan instalando relojes computarizados en estadios y gimnasios. A menudo nos manda postales de diferentes países. La última nos la envió desde Caracas.
Todos en algún momento de nuestra juventud hemos trabajado como relojeros. Este oficio que mi padre heredó del abuelo, nosotros lo aprendimos a los doce años. El viejo nos enseñó las primeras lecciones y después nos mandó a estudiar a la Escuela de Relojería Suiza que estaba en Diez de Julio con Matta. Estuvimos con Aldo y Vitorio más de un año desarmando y armando Rolex, Omegas y Pathe Phillips, estudiando el funcionamiento de cada una de las piezas, memorizando largas definiciones, que pese a los años, aún recuerdo.
Este oficio termina por dejarlo casi ciego a uno. Pregúntenle a mi padre cuántas veces le ha cambiado los cristales a sus anteojos. Creo que ni él mismo lo recuerda.
Las diez horas que uno se pasa nos gasta la vista. Eso sí nos enseña una concentración poco usual con esa pequeña lente pegada al ojo y la absoluta inmovilidad del nervio óptico que une las pupilas y las manos en un perfecto binomio. Después viene la concentración más oculta, cuando hay que coger con la brusela las pequeñas espirales que sujetan el sistema de escape del ancla que unida a la suspensión, mueve el péndulo. Entonces la respiración se hace imperceptible. Hay que sujetar el aire en los pulmones ya que un mínimo de movimiento podría desviar el pulso y sacar de su centro el engranaje de la rueda de tubo que hace girar al minutero. Mi padre, como experto en relojería, prefiere la maquinaria de engarce antigua donde el movimiento de la caja de plata es limpio y nos enseña a oír y a conocer el sonido de los metales. Entonces uno piensa en mil cosas diferentes, y en una cosa de mil maneras. El recuerdo lo empuja alguien. Lo pone al borde del precipicio. Bastaría con soplar levemente para que todo quedara en el olvido. A menudo, un presentimiento penetra y se aleja en el cerebro y sólo se ve lo que se piensa, sólo existe el desorden o la expansión del pensamiento, hasta llegar algunas veces al paroxismo, algo así como una fotografía en blanco y negro.
Es por ello que el psiquiatra me sugirió que cambiara de oficio porque de lo contrario me estaba convirtiendo en el candidato con mayores probabilidades para optar a una beca en el manicomio. Estaba consciente que no andaba bien, que me parecía mucho a esos
despertadores antiguos que se adelantan o se atrasan y no hay forma de ponerlos a la hora, por mas que se ajuste con precisión cada una de las piezas.
Esto fue lo que me llevó a buscar un nuevo empleo. Total había egresado de la Escuela de Artes y Oficios como el mejor de mi promoción en la especialidad de mecánico tornero.
Este trabajo al menos me permite vagar por otras secciones y siempre se conoce gente nueva que lo saluda y desea hacerse amigo de uno. Cuando llega el día del suple nos vamos al Marco Polo y le damos el bajo a cuanta cerveza y sandwich se nos pone por delante. Ahí todos conversan de todo, del Wanderers, del Congreso y de los autos de los parlamentarios. Me percato que soy el único que no habla y he llegado a creer que el excesivo silencio me ha hecho olvidar hasta la forma de conversar.
Hoy es el último día de julio y mi padre apenas se ha levantado. Dice que le pesan las piernas y la artritis no lo deja trabajar y de seguir enfermo va a cerrar el taller. Ha insistido nuevamente para que regrese. Esta vez me ha ofrecido el cincuenta por ciento de las utilidades y la verdad es que no tengo ningún interés de volver. La sola idea de pensar que debo sentarme en ese piso giratorio, donde lo hice por más de veinte años y viajar a las profundidades de la caja de las herramientas con esa lente pegada al ojo me asusta.
Además cada día son menos los relojes mecánicos que se reparan. Pronto no quedará ninguno. El avance de la tecnología sobrepasó nuestro oficio. El viejo no quiere entender que hoy los relojes
son tan desechables como los envases de las gaseosas, ni puede con-cebir que se fabriquen de plástico. El cree que criticando este mal gusto generalizado por la relojería tarde o temprano la gente va a cambiar y volverá a apreciar el trabajo de los antiguos artesanos.
Antonella me comentó anoche, mientras veíamos una película en la televisión que papá se comporta de una manera extraña como acostumbran hacerlo aquellas personas que han estudiado una determinada materia. La conocen al dedillo y les gusta dar a conocer a los demás una visión docta del tema sin importarles mayormente quienes los escuchen.
En este ámbito de cosas, me he acostumbrado a de-sentenderme de su retórica la cual a veces sin pretenderlo, ofende a más de alguien, como sucedió hace unos años cuando vino a visitarnos el tío Erasmo, un pastor de la iglesia Anglicana a quien mi padre le dijera: “para bien de la humanidad es necesario meter en un mismo saco a los Católicos, Freudianos, Anarquistas, Políticos, Anglicanos, es decir, a cualesquiera que sepa o actúe repitiendo pensamientos apren-didos o heredados, suprimiendo los fanatismos tan en boga dentro de las religiones, porque un hombre fanático es más peligroso que un perro con rabia. El fanatismo les obliga a la acción, a la injusticia, al mal. Vea usted a los grupos terroristas en Irlanda, Colombia y Perú”.
Después de esa diarrea mental de mi padre en el W.C. del cosmos nunca más supimos del tío Erasmo y es por ello que en contadas ocasiones hablo con él de otras materias que no sean las relacionadas con nuestro oficio. Mas ahora, siento pena de haberlo dejado. Sé que él me necesita. No me lo ha dicho pero sus gestos y sus
palabras lo delatan.
Mi padre, como buen italiano es orgulloso, y por él, que el apellido Ferrara se prolongue infinitamente, siempre y cuando esté relacionado a la historia de los primeros relojeros italianos. El piensa que yo soy la persona indicada para continuar con la tradición, pero eso no será posible al menos por ahora. No es que desee llevarle la contraria o cosa que se parezca, sino que me aburrí de ese oficio.
Cuando regresé a casa Antonella me esperaba en el living. Me extrañó no encontrar a mi padre dormitando frente al televisor.
—¿Y que pasó con el viejo?
—Está en su pieza —respondió Antonella en forma lacónica.
—¿Sabías que papá descolgó el letrero de la relojería? Supuse que mi negativa para aceptar su oferta lo había llevado a tomar esa determinación
Toqué suavemente la puerta del dormitorio. La pieza estaba oscura. Encendí la lámpara del velador y mi padre estaba pálido como nunca, un sudor frío inundaba su frente y todo su cuerpo temblaba como una masa gelatinosa. Grité a Antonella para que se comunicara con el Dr. Khrumm y me abracé a su cuerpo para detener el dolor que se reflejaba en su rostro. Mi viejo se desvanecía lentamente y su cabeza semicalva se zafó de mis manos y giró hacia un costado de la almohada.
Esa misma noche se lo llevaron para el Van Buren y lo tuvieron conectado a una mascarilla con oxígeno. El doctor que era un viejo amigo de mi padre nos dijo que había sufrido una trombosis coronaria y que su estado era grave. Me quedé hasta el otro día sentado en el pasillo del hospital frente a su pieza que tenía una luz roja encendida.
Debe haber sido como a eso de las seis de la mañana cuando la enfermera me despertó. No podré olvidar nunca ese rostro. Había en sus ojos una ternura que era capaz de anestesiar a la tristeza. Me miró fijamente a los ojos y las palabras no fueron necesarias. Lloré como nunca antes en mi vida.
Aldo y el Gitano llegaron unos minutos después. Caminamos en silencio y la sirena de los Astilleros de la Armada, rebotó en mis oídos, pero no fue esta vez para despertarme o despojarme del insomnio ni para anunciarme que el Scania rojo pasaría como de cos-tumbre por la esquina de la casa.
—No te preocupes de nada —dijo Aldo interrumpiendo el silencio—. Lo llevaremos al velatorio de la Iglesia de La Matriz. Está todo arreglado. Espero comunicarme con Vitorio apenas los de la Seiko me digan donde se encuentra.
Atravesamos de una punta a otra el edificio para que mi hermano firmara esos extensos formularios que entregan en los hospitales y nos autorizaran retirar el cuerpo de mi padre. Cuando llegamos a La Matriz nos encontramos con el station wagon del cual descendieron dos sujetos vestidos con guardapolvos grises, a los que no quisiera como guardaespaldas ni siquiera para mí. Bajaron un sobretodo de madera forrado en felpa de color granate, un crucifijo
metálico y algunos pedestales de bronce, además de otras cosas que debían de ser imprescindibles porque siempre la muerte es un misterio.
La quietud del cementerio con sus nichos alineados y los pinos en dos largas hileras, aromaban el silencio de la tarde que no era diferente de otras. Delante iba el féretro y las coronas de flores, una llevaba los colores de la bandera de Italia. El antiguo mausoleo de la familia, estaba discretamente adornado, un ramo de claveles rojos en el centro y un par de floreros de vidrio recién comprados.
Un viejo inmigrante de la colonia, quizá el último de la época de mi padre, extrajo de sus bolsillos un papel, el cual desdobló con toda tranquilidad. Se acomodó los anteojos y con una voz casi imperceptible, trazó en forma breve una semblanza de Pietro Ferrara, destacando su participación en la fundación de la Asociación Nacional de Relojeros, Joyeros y Ramos Afines.
Una vez que concluyó sus palabras, procedió a doblar la hoja y guardarla nuevamente. Nos abrazó a cada uno y las lágrimas no estuvieron ausentes en la despedida. Abandonamos el cementerio con la misma lentitud con que habíamos llegado.
El Gitano aproximó su auto donde nos encontrábamos y ofreció llevarnos a casa. Antonella subió adelante y yo me acomodé en el asiento de atrás. No habíamos recorrido un par de kilómetros cuando le pedí al Gitano que se detuviera en el próximo semáforo. Tenía ganas de caminar contra el tiempo que todo tiende a convertirlo en costumbre: la muerte, el amor y el olvido, algo que no es necesario recordarlo para saber que existe, así como la neblina que humedece el rostro, emitiendo en los demás señales equivocadas como una forma de extraviar la
única huella invisible que nos traza el destino. A veces me siento como un cadáver de otro cuerpo. Este viento frío se empecina en oxidar antiguas espirales. Parece conocer lo que sentimos dentro del alma; un viejo reloj, al que se le ha cortado la cuerda después de haberlo reparado varias veces.
Este viento que eleva emociones y recuerdos como volantines anónimos confabula con las tardes Irías, opacas, volviéndome triste y solitario, porque algo me falta o por que algo de mí quisiera dar. He aprendido a querer este Puerto, al igual que a Sofía, que quizá nunca conoceré, porque aún no ha llegado el momento y los días son todos diferentes pese a que los siento iguales como cada barco que se va prisionero de mis pupilas y que un día nos recogerá para llevarnos al preciso lugar de nuestros antepasados.
Tengo tantos recuerdos que ya no sé donde mirar para no escuchar ese eco que resuena en mi mente, como en aquel tiempo cuando tenía doce años y mi padre me regaló varios relojes viejos para que de esta forma el tiempo nunca se escapara.
Era de noche cuando regresé a casa con un par de copasen el cuerpo y una luna distraída que iluminaba el sello de fabricación de mi antiguo omega y el canto de los borrachos que trepaba por sobre la oscuridad de las esquinas. Antonella y el Gitano estaban sentados en el living con un vaso de pisco y conversaban en forma amena. El rostro demacrado de mi hermana, recobraba lentamente su color natural.
—¿Dónde fue que dijiste que el viejo había guardado el letrero?
—No sé —respondió Antonella, sorprendida por mi pregunta—. Creo que está escondido en algún lugar del taller.
—Mañana te pediré ayuda para encontrarlo...
CRISTHOFER INTUYO QUE ELLA ESTA VEZ NO
TRATABA DE SORPRENDERLO
DICE ESTAR PERFECTAMENTE LOCO PARA QUE TODOS LO crean. Viene de registrar cada rincón de su morada. Ella intuye, por el tono de esa voz y la sonrisa mefistofélica que la frase proviene de un libro de Baudelaire.
Cristhofer, entre otras cosas, ha perdido el concepto de la palabra proporción. Esa vejación del destino que le ha cambiado la idea de todo llevándolo a pensar que nació en un siglo equivocado.
Natalia cree a veces que él sufre de un problema conductual, una especie de síndrome conocido como “Decepcionantemente Pulcro”, algo que los psiquiatras aún no tienen claro si obedece a un origen genético o es una alteración de la personalidad, producto de un exceso de pudor. En el caso de Cristhofer —ella insiste— que se debe a esto último, que sumado a una nostalgia crónica, lo induce a situarse en el límite de la irrealidad convirtiéndolo en un solitario, cansado de su soledad, y que sin darse cuenta, los calendarios le llegaron con una sobrecarga de frustraciones que casi logran entristecerlo en forma definitiva.
Ella posee una percepción que va más allá de lo meramente intuitivo, algo que le permite dominar con facilidad situaciones que el común de los mortales no alcanza a percibir.
Cristhofer confesó que se había equivocado desde un principio con Natalia cuando pretendió ponerla en jaque hablándole de los
primeros poetas griegos. No logró impactaría en absoluto con aquellos versos que recité de memoria. Sorprendido de su derrota intelectual, recurrió a la lógica de Kant, como método de análisis para descalificar algunos libros de poesía publicados últimamente, y que a su juicio, no tenían pies ni cabeza. Cuando concluyó su discurso de aquella noche con un par de frases para el mármol, lo que no había considerado en su presentación fue su ciclo de mala suerte; no pudiendo evitar que rodaran bajo la mesa un par de monedas que por vergüenza no se atrevió a recoger. Después de un prolongado silencio se escuchó la voz de ella.
—Creí que ibas a vivir definitivamente en Finlandia— le dijo no exenta de una sutil ironía.
Le agradaba que el silencio escuchara sus palabras para luego quedarse pensando en lo que había dicho, con una mirada que era capaz de horadar a cualquiera.
—No pude soportar el invierno de Helsinki —contestó. Una leve contrariedad se reflejó en su mirada, mientras apartaba de su escritorio una taza de café.
Natalia lo miraba fijamente a los ojos con esa sonrisa cómplice que nunca se sabe donde apunta. Se acarició el cabello que caía suavemente sobre el cuello y desabotonándose el impermeable, un sweater color lúcuma moldeaba su busto. Se acomodó en el sillón como una modelo de temporada con inminente peligro de recuerdo.
Cristhofer no acepta que nadie piense que está atravesando por una crisis existencial. Es lo mismo cuando no quiere reconocer la
aparente inutilidad de su poesía. Algo que si bien, lo ha ayudado a vivir en un mundo totalmente distinto a la prosaica realidad y pasar del insomnio al sueño sin mayores trámites, sin embargo no le ha permitido vivir de su oficio.
Ella insiste que él está en medio de un callejón sin salida o, en el mejor de los casos, encerrado en una pieza oscura. Natalia le habla con un tono de voz que nunca antes había experimentado por su propio deseo; un sonido que se hace grave cuando conversan sobre determinados libros. Tan pronto él esboza someramente el argumento, ella mentalmente imagina con exacta precisión cada uno de los capítulos siguientes, interrumpiéndolo en los pasajes más relevantes, formulando breves comentarios que la mayoría de las veces resultan ser de alguna manera u otra el epilogo de la obra.
Cristhofer no puede evitar que se produzca esa lucha interna consigo mismo. Para demostrar su molestia, dialoga con el silencio porque está seguro que ella trata de sorprenderlo con esos conocimientos aprendidos últimamente acerca de algunos escritores que él sospecha que ella haya leído. Después del minucioso análisis de cada libro, él se sumerge con timidez y torpeza en extrañas ensoñaciones, estrellándose contra todas las murallas del pasado, murmurando palabras que nunca fueron del todo verdad, si no más bien mentiras que no tuvo la capacidad de inventar.
La clave, que por años había tratado de descifrar del libro “El Arbol de la Ciencia” de Raimundo Lulio, empleando sus conocimientos del Tarot y la Cábala, hoy se presentaba ante sus ojos como una ecuación que el propio tiempo se había encargado de resolver. No pudo
evitar esa sensación de intranquilidad que le produjo sentirse propietario de un secreto. Se le vino a la memoria aquel día que por equívoco de la bibliotecaria llegó a sus manos ese libro que para nada había considerado entre sus lecturas a largo plazo.
Ahora no podría olvidar aquellas palabras que aparecían en la página 156: “Salvo honrosas excepciones podrán romper esta regla. Está basada en el más antiguo de los sentimientos que el hombre co-noce y pese a los cambios violentos que ha experimentado la sociedad, los seres humanos siguen necesitándolo. Este es el único sentimiento que la razón no ha sido capaz de derrotar. Hay dos estaciones en que se puede percibir con mayor intensidad su influencia, en el Equinoccio de Otoño o en el Solsticio de Invierno. La señal es siempre la misma. Una mirada a los ojos que precede a una ligera sonrisa”.
Cristhofer no tuvo más dudas. Una íntima convicción reafirmaba su tesis. Conocía a Natalia desde siempre. Estaba en un lugar desconocido de su vida, en esa zona oscura que es difícil detectar cuando no se es un iniciado. Cerró el libro suavemente después de haber releído algunos párrafos que había subrayado. Afuera la lluvia comenzaba a deslizarse a través de una ventana sucia. Estaba apoyado en un día cualquiera de la semana, entre las nueve y las once de la noche. Estuvo pensando en el pasado sin lograr ordenarlo, sintiendo la indiferencia de una precaria certidumbre, palabras innecesarias que llevaron a contarle su vida, a confesarle en qué momento comenzó a confundirse. La costumbre de vivir solo lo hacía mirar permanentemente la distancia, sin rabia ni frustración. Lo acompañaba aquella canción de Sinatra que hizo suya sin mayores antecedentes, no importándole si la letra en español era convincente. Le había ocurrido antes con otras
canciones. Fue un tiempo de romanticismo y desarraigos, torpezas de neófito que se enamoraba con facilidad. Horas y días que para sustituirlos escribía poemas, a veces en exceso nostálgicos.
El perfume de Natalia lo invadió todo de optimismo. Era la prueba más inconfundible de su presencia. Había permanecido inmóvil en el sombrío vestíbulo, apoyada contra la pared, observando a Cristhofer que corregía las últimas páginas de su nuevo libro.
—¿Sobre qué escribes? —dijo, rompiendo sorpresivamente el silencio.
El eco de sus palabras se estrelló contra los oídos de Cristhofer, sacándolo abruptamente de su ensimismamiento. El vaciló un instante y le dijo que era mejor que ella leyera lo que estaba escrito en ese montón de hojas. Natalia se despojó del abrigo, arrojándolo sobre la cama y se instaló en el sillón que estaba frente a su escritorio. Leyó con curiosidad cada una de las líneas. Cuando concluyó la lectura, acercó la butaca y sus rodillas tocaron las de él. Apoyó las manos en el madero y se quedó contemplándolo con esa expresión atenta y algo apasionada de las mujeres que no se atreven a hacer confidencias.
—¡Compréndeme! No me obligues a decir más de lo que puedo.
Se sorprendió al escucharla hablar de esa manera. En el fondo era triste decirlo pero todo se reducía, como siempre en la vida, a una cuestión de diferencias y la balanza siempre tiende a inclinarse, menoscabando a una de las partes.
Natalia había cruzado sus brazos sobre el busto erguido,
mientras la mirada permanecía fija en la lámpara que dibujaba en el techo un círculo luminoso que tantas veces había visto junto a él, a la espera de sus palabras.
—Qué piensas —dijo ella.
Cristhofer la contempló más rubia, frágil y poética y volviendo a sentir una vez más aquella sensación que había experimentado al leer la página 156 “Arbol de la Ciencia”. Ella encogió la boca de tal manera que sus labios se perdieron en la copa de Martini que bebió sin pausa. El aire encerrado, detenido de improviso, amenazante, tan parecido al silencio de los objetos, conspiraba para que las palabras se asfixiaran en la garganta.
—Cristhofer, no sé por qué tengo la idea que eres un solitario consumado y que serías capaz de conformarte hasta con la amistad de algunas de mis fotografías.
--Quizás tienes razón. Una fotografía uno puede llevarla en cualquier bolsillo y a cualquier parte. Pero a una dama como tú...
Ella abandonó en medio de su rostro una sonrisa inocente y después de un prolongado silencio volvió a sentarse en el sillón, apoyando los codos sobre las rodillas. Creía que era imposible ir hasta el límite de la confesión y aquella vez su intuición le permitió alcanzar la feliz región donde las palabras se transforman en imágenes, deseos y extrañas obsesiones. Pero no tardó en descubrir que era inútil forzar cualquier tipo de situación, puesto que nunca se había acercado a él, lo suficiente para medir sus intenciones.
—No intentes comprenderme. No soy ese tipo de hombre que a veces imaginas.
Cristhofer habló y habló tratando de decir que nada le importaba y que estaba seguro que cualquier día ella le diría que esa incipiente amistad había terminado. Estaba consciente que los sentimientos experimentan cambios, pudo leer en el rostro de Natalia, una inquietud que era más bien desconfianza y que por sobre todo él deseaba disipar. Se pasó varias veces la mano por las mejillas en una actitud de nerviosismo. Se apresuró disculpándose que había perdido su máquina de afeitar. Cerró la ventana y la habitación recuperó de inmediato ese olor a ropa americana usada, tabaco y jabón de mala clase. Natalia movió la cabeza como sino lo hubiera escuchado, precipitándose hacia las últimas profundidades del inconsciente. Nada de lo que había ocurrido durante aquella noche, volvió como recuerdo, ninguna palabra pronunciada se levantó desde el fondo de su boca. Sus sentimientos se sumían en reposo casi absoluto.
—No soy un hombre en cuya compañía debas vivir algún día —replicó Cristhofer mientras observaba detenidamente el cuerpo de Natalia. No tuvo la hipocresía de acusar al destino de lo que era, pero le dolió que lo hubiera llevado al lugar de los desencuentros y pensó que ella estaba más poseída de su tiempo y de sus cosas que de algún sentimiento que deseara compartir.
Natalia pronunció algunas palabras en voz tan baja que apenas se escucharon para luego cruzar rápidamente por esa zona errónea del pensamiento que a veces mientras vaga se hace inmenso.
—Debo pensar que tu vida está organizada de tal manera que para mino hay ni el más pequeño espacio.
A Natalia la fascina el arduo dilema de ajustar su sentido del orden mental, a las emociones que pueden producir sus palabras. Diferentes rostros aparecieron brevemente en el escenario de su memoria, los que incineró tan pronto como pudo. Un minuto más, Cristhofer se perdía entre la realidad y la indecisión. El calor de su cuerpo aumentó súbitamente y se reflejé en el rostro. No quiso despojarse del grueso chaleco y soportó estoicamente aquel misterioso trance que ella hubiera considerado como algo diferente en el museo de sus simpatías personales.
Natalia volvió a sentarse y lo miró con esa expresión apasionada por las cosas que le había confiado. Mantuvo la sonrisa y lo llamó cariñosamente “Cristhoforote” y dándole un beso en la mejilla se despidió. El giró la cabeza hacia un costado para equivocarse o más bien para cerciorarse que era a él a quien hablaba. Al cabo de tantos años Cristhofer había aprendido a conocer lo que realmente se evidenciaba en la gente, algo que a duras penas se termina por aceptar. Llegó el amanecer y el invierno era casi igual a la fría soledad en la que algunas veces también cabe la efímera alegría, los recuerdos y los primeros sonidos de la ciudad.
Cristhofer aquella mañana se ubicó temprano en la terraza del primer café, luego hizo escala en un cine por casi tres horas para concluir su itinerario en un banco de la estación del ferrocarril. El sol no aparecía en las esquinas amuralladas y la sombra en medio del silencio horadaba aquel instante.
Durante casi tres semanas Natalia dejó de visitarlo y un día al anochecer, la encontró acompañada de ese señor de la Thermical Campany, quien al despedirse le dio un beso en la mejilla y algo que no pudo ver con exacta precisión depositó en el bolsillo de su blaizer.
Esa noche no fue capaz de conciliar el sueño y se lo pasó hasta el amanecer, apoyado en la ventana con los ojos clavados en la vereda. Aquello no lo mantuvo impaciente, era más bien una antigua inquietud y a veces, una especie de odio por aquel libro de Raimundo Lulio que lo había llevado a confirmar lo que él siempre había considerado una simple ilusión. Esperó un par de horas con una botella de ron que bebió a sorbos y se decidió a marcar su número de teléfono. La voz de Natalia se escuchó al otro lado de la línea.
—Habla Cristhofer. Será mejor que contengas tu enojo y me escuches.
Te he llamado porque necesito conversar contigo. En realidad porque no deseo que consideres esto como un formalismo. Es para decirte que todavía es tiempo para que lo nuestro no se vaya a la raíz cuadrada de la angustia.
Colgó abruptamente el teléfono para matarle la voz. A partir de esa noche comprendió que Natalia lo amaba. No había transcurrido un día y la obsesión por saber de ella fue más fuerte. Esta vez la llamó para decirle que regresara definitivamente. Natalia le contestó que le agradaba la idea pero que todavía era prematuro vivir juntos. Habló sosegadamente con aquella soltura de siempre y aún cuando sus frases eran claras, tenía la impresión que no llegaban con exactitud al cerebro
de Cristhofer. Conocía los prejuicios que a él lo ataban y fue por ello que le susurró algo suavemente al oído que no alcanzó a escuchar. Luego depositó suavemente el auricular.
Cristhofer piensa que la angustia se parece al frío. Al miedo de mover un objeto de vidrio en una pieza para no alterar el normal desarrollo del silencio. Miró en la dirección que mostraba el dedo de una efigie del Quijote, una estatuilla por la cual Natalia sentía una especial predilección. Pasó el dorso de su mano por delante del rostro y caminó con cierta dificultad hacia su pieza. Eran exactamente las tres de la madrugada y el paso del tren lo sacó del letargo como si regresara bruscamente de un rincón desconocido. Otra vez el inconsciente lo traicionaba con otro recuerdo como cuando sorprendió una mancha de Martini en el mantel y no pudo evitar que la copa de cristal que aún estaba sobre la pequeña mesa de centro, recobrara por un instante toda la ausencia de Natalia. Recordó las noches que juntos compartieron ese andén imaginario donde el ruido parecía llevarlos y traerlos cada vez de diferentes lugares, dejándolos absortos y cansados.
El temor que ella lo rechazara definitivamente lo hizo precipitarse al teléfono.
—Soy Cristhofer. No te asustes.
Se extrañó que Natalia a esa altura de la noche estuviera despierta. Respiró profundamente y no vaciló en preguntarle qué hacía. Ella le contestó en forma escueta que estaba leyendo. El jamás pensó que ella sufría de insomnio.
—Quiero decirte de una vez por todas que la culpa que tú y yo nos conozcamos, la tiene el libro de Raymundo Lulio. Si, lo que escuchas. La bibliotecaria fue la culpable, si ella no se hubiese equivocado de volumen, te aseguro que nunca nos habríamos conocido y nada estaría hoy ocurriendo entre nosotros. Quiero que sepas que no estoy arrepentido de haberte conocido, aunque ésta sea la última vez que hable contigo.
Cristhofer fue vehemente. Quizás nunca lo había sido, quizás nunca había estado enamorado. Fue por ello que terminó por pedirle disculpas.
—¿Cómo me dijiste que se llamaba el libro?—preguntó Natalia con una curiosidad que no supo disimular.
—Y eso qué importa —respondió él.
Natalia guardó silencio. Supuso que él estaría pensando, como en anteriores ocasiones. Ella trataba de sorprenderlo, jugando a adivinar capítulos y epílogos de libros donde Cristhofer tenía la secreta convicción que ella nunca había leído.
—No creo que alguna vez hayas escuchado hablar del “Arbol de la Ciencia”. Es una obra escrita por un filósofo catalán en 1310 y la última edición de la cual se tiene conocimiento data del siglo pasado —Lo dijo con ese aire doctoral que le era característico.
Natalia regresó con dificultad desde el fondo de aquellas páginas amarillas que de un principio la habían cautivado. Le costaba
creer en aquella frase:
“El azar lleno de sentido”. Esas palabras las había escuchado una vez de labios de Cristhofer y ella hoy las volvía a pronunciar inconscientemente, inundándose de una extraña alegría, mezcla de odio y culpabilidad.
La voz de Natalia se quebró como un vaso en medio del silencio y Cristhofer intuyó que esta vez, ella no trataba de sorprenderlo.
ELIZABETH NO ESTA EXPERIMENTAR LA VIRGINIDAD DE DISPUESTA A ESPANTOSA LAS FEAS
CLAYMOND PIENSA QUE ES PROBABLE QUE ELLA SE MOLESTE al recibir su carta. No todas las personas reaccionan de ¡ la misma manera —se dijo— en voz alta, sobre todo si se trata de la vida privada con un contenido que rara vez se conoce en la esfera de las cosas públicas. Y es evidente que así sea. Muchas de estas situaciones, despiertan un inusitado interés en los demás.
Lo que Claymond en síntesis quiere dejarle claro, que lo privado es mucho más atractivo que el mejor de los espectáculos públicos. Desde ese instante es posible que ella hubiera creído que se trataba de una broma de mal gusto. El no puso en duda que el primer impulso de ella hubiese sido destruir esa carta.
Después de un largo período de seguimientos, Claymond llegó a concluir que Elizabeth sufría de una profunda incomunicación, un síntoma muy propio de este tiempo y que en ella resultaba algo natural como si estuviera de acuerdo con sus deseos; una actitud de suprema simpleza para admitir que pertenece a ese meláncolico porcentaje de seres humanos que encuentran en la conmiseración ajena un lenitivo para su dolor.
17 de enero
Estimada Elizabeth:
No se extrañe que le escriba. Esta es una de las tantas cartas que usted recibirá de mí y que espero la ayuden. El correo privado, en
contraste con los diarios, las revistas y cualquier otro tipo de impresos, es algo más alentador. Permite saber al menos que para alguien usted es importante. Pienso a veces en las personas que reciben a menudo grandes cantidades de circulares, instructivos de bancos y de entidades financieras y previsionales; invitaciones a actos políticos, notificaciones tributarias y judiciales y que tienen en la realidad muy pocos amigos a los que ven raras veces o bien en muy contadas ocasiones. En una sociedad como la nuestra con tantas instancias impersonales, no resulta extraño tener una visión negativa del mundo, una desconfianza autorizada de la vida, un horizonte poco claro y promisorio. Creo sin temor a equivocarme que una carta por más simple que parezca es un paliativo entre tanta soledad uniformada.
Su caso no tiene nada de especial. Una de cada tres mujeres (según la última encuesta de la revista Sutileza) no buscan otra cosa que refugiarse en un hombre que las comprenda, por ejemplo la que se queja de una enfermedad imaginaria, aquélla que vive más preocupada de la vida ajena e incluso la que publica versos melodramáticos (no importa si buenos o malos). Todas de alguna manera imploran de los demás, aunque no deseen reconocerlo, un poco de compasión o que no se atreven a prodigarse a sí mismas.
Como en todo orden de cosas he llegado a la conclusión, que existen las excepciones y no pongo en duda que usted es la norma que confirma esta regla. Es más honesta que las anteriores. Desdeña versificar sus amarguras y está consciente que la mera sensiblería no constituye poesía. Además sabe encubrir con sobrio decoro el arduo trabajo que le significa cancelar mensualmente las siete unidades de fomento por la compra de su departamento. No finge que está enferma
de los nervios, ni concurre a terapias colectivas con dudosos siquiatras, ni consume en forma disimulada ningún tipo de fármacos para conciliar el sueño.
Simplemente conversa con sus amigas como lo haría cualquiera de ellas. Habla de todo lo que la televisión informa o desinforma, porque se ha dado cuenta que abordar un tema profundo, le produciría una eventual molestia de sentirse hablando sola y prefiere hacer el rol de la ingenua, pedir consejos con el premeditado ánimo de no seguirlos, porque nunca de verdad le ha interesado lo que piensan los demás de usted.
Imagino que se ha preguntado, dos o más veces como me he enterado de sus problemas. Nada más sencillo. Es mi oficio... Pronto le escribiré. Reciba usted un saludo afectuoso.
Volvió a leer la carta y esta vez lo hizo entrelazando cada renglón con la primera frase. No podía creer que alguien estuviera tan informado de su vida. Esa noche no durmió pensando en quien era ese desconocido. La única conclusión que logró extraer fue detectar la excelente caligrafía, lo que le permitió adivinar que se trataba de un individuo culto y ordenado.
La tarde se repitió con temores y prejuicios. El calor de la habitación la llevó a desnudarse y tenderse sobre la cama con un cigarrillo en los labios. Recordaba las últimas mañanas de vacaciones en el Tabo, las dichas esporádicas, la orilla de la playa que reconciliaba su espíritu y su instinto de mujer, las manos de aquel extraño que la cogieron por la cintura, confundiéndola y luego esa sensación agradable
del equívoco.
Ordenó inútilmente en su cerebro aquellas vivencias que la saturaban de dicha para luego volver a la solitaria realidad de su vida que era un ir y venir de la oficina a su departamento.
Dos semanas después Claymond la volvió a encontrar bajo una gruesa capa de smog. Estaba a un costado de la escala mecánica que conduce a la estación del metro, en Ahumada con Alameda. La observó un par de segundos y fue suficiente para comprobar el fulgor con el que brillaban sus ojos al descubrir a una amiga entre ese carro atestado de gente sudorosa. Claymond, obedeciendo a un hábito profesional, agudizó furtivamente el oído para registrar en su memoria el tono de su voz.
Elizabeth una vez más cumplió con el acostumbrado saludo para luego ubicarse frente a ese aviso de un maniquí que publicitaba una marca de lencería italiana. El seguía de cerca cada uno de sus movimientos, el de sus zapatos de taco alto cuando descendió en la penúltima estación y se apresuró en subir los peldaños que separaban el andén de la primera pasarela. Fue tras sus pasos sin que ella se diera cuenta de su presencia, hasta la puerta misma del edificio color rosado.
En principio consideró toda la acción como algo normal y rutinario, como muchos de los actos reflejos que se realizan en forma mecánica, al igual cuando se destapa una botella de champaña sin que prime un sentimiento de miedo o inseguridad.
21 de Marzo
Querida Elizabeth:
Ignoro si esta carta irá en aumento de su enojo. No ha sido por lo demás mi intención, ni antes ni menos ahora que la estoy conociendo. Pero me veo en la obligación de decirle nuevamente que su caso no es el único. Si estoy errado no es otra cosa que la confirma-ción de la infalible regla. Creo que no tiene necesidad de mostrarse más católica porque va a misa cada domingo, ni privarse de llegar un sábado de madrugada. Usted se merece más que nadie un encuentro de esos que se denominan del “tercer tipo” con alguien por supuesto que realmente le agrade. No piense que estoy sugeriéndole ser el candidato. Existen personas con las que se puede hablar de esto y de lo otro y también aquéllos que hacen el amor sin mayores trámites. Pero esto último no es tan importante si no ha adquirido antes la capacidad de dialogar en forma franca.
Debo decirle que el ser humano desde que aprendió a hablar, no ha encontrado nada más agradable que alguien capaz de escucharlo, sea en el dolor o en la alegría. Ni aún el dinero se compara a este placer del espíritu. Usted, si no me equivoco, pertenece a esta última generación que también es la mía. Esta simple pero importante coincidencia ha originado que me haya convertido en un franco tirador.
No deseo censurar los sentimientos, que despierta mi vocación de escritor siempre anónimo, ni frente a usted ni frente al papel en blanco, sin antes formularle que espero no tome tan en serio esos consejos que alguien creyó que eran importantes para solucionar en
parte su problemática. Si esa persona le propuso cortar por lo sano como se dice, usted encontró más de un motivo para no dar por perdida la batalla. Si al contrario su intención hubiera sido seguir de cerca el desarrollo de los acontecimientos, seguramente se habría percatado que aquello que parecía como solución, no era tan así, probablemente se habría inundado de ira y pesimismo fuera de serie con un futuro del todo negro y perdido.
Debo suponer que esto último puede herir su susceptibilidad. Tranquilícese. Mi intención no es mezclarme en lo que no me atañe. No haré nada más que entrar y luego salir de su vida. En caso que usted cambie de opinión, gustoso aceptaré cualquiera de sus proposiciones. Deseo eso sí que comprenda que no se trata de ningún requerimiento ni nada que se parezca. Un beso para sus labios de ahora siempre sensuales y....
Claymond
Elizabeth como de costumbre leía cada hoja de aquella extensa carta mientras fumaba y volvía a la búsqueda de un recuerdo que la emocionara, un motivo para compadecerse, y a la vez reprocharse y contemplar en algún objeto regalado el odio que la excitaba. Comprendió que la intensidad de algunas aventuras habían terminado por entristecería, pese a que siempre trata de rescatar lo positivo de cada encuentro. Cuando la memoria trataba de jugarle una mala pasada, el olvido se resistía y el silencio conspiraba contra la imaginación, mordiendo una orilla de su vestido preferido.
Respiró otra vez el aire que se había formado en la habitación, olor a tabaco y anís y volvió a creer en aquella probabilidad de hacer el amor al final de una noche. Estaba decidida a hacerlo en su cama de dos plazas en la que siempre había dormido sola o sobre la alfombra de la primera pieza o por último en el otro dormitorio donde guardaba la ropa lavada. A ella le daba lo mismo. Lo importante no era experimentar la espantosa virginidad de las feas.
No dudó en buscar una alternativa que le pareciera válida. Una cuota de afecto es siempre buena y para conseguirla no tenía más que llamar a un conocido por el teléfono. Apenas había un paso. En su de-sesperación, emprendió un esperanzado peregrinaje por las páginas de su libreta de direcciones. No contenta con los resultados hizo un nuevo esfuerzo, adquirió todas aquellas revistas femeninas y lo primero que hizo fue leer detenidamente la sección destinada al consultorio sentimental. En todas ellas descubrió que había gente que padecía más o menos el mismo problema suyo. La única diferencia que algunos eran extranjeros, ejecutivos de bancos o mujeres divorciadas. En su afán por ganarle terreno a la soledad, no vaciló en seguir las reglas del juego y dar fiel cumplimiento a las instrucciones que la revista imponía. Se fotografió de medio cuerpo y de cuerpo entero, incluso con prendas íntimas para aparecer más sexi, según un consejo de una de sus amigas.
Al término de la primera entrevista, un sabor amargo la invadió. Descubrió en cada conversación a economistas fracasados, ejecutivos con orden de detención por fraude al Fisco ya algunos homosexuales que les gustaba exhibirse con mujeres de buena figura.
Una vez más sintió que la vida le era injusta y no dejaba de tener razón. A su edad no había necesidad de andar comprando amores clandestinos o algo que se pareciera. Muchas de estas cosas le extrañaban.
Percatarse por ejemplo que el día tenía solamente 24 horas y que esa desconsideración astronómica constituía un monstruoso enemigo para sus íntimas intenciones. Consideró necesario otorgarle al teléfono un rol más importante del que tenía hasta ese momento. No obstante este transnochado sistema de comunicación era un lujo para el cincuenta por ciento de sus amistades.
No contenta con los resultados de estas experiencias, creyó que madrugando podría derrotar al insomnio y ganar de esta manera al calendario de un tiempo que se hacía más fugitivo. El violento cambio en su forma de vestir se hizo cada vez más notorio. Acortó en un par de centímetros sus faldas y dejó que su blusa mostrara una parte importante de su busto.
Cambió de peinado y el rouge de color granate dio un aire sensual a sus labios. Repentinamente descubrió que su cuerpo era lo mejor que tenía y desde ese día su presencia resultaba difícil que pasara inadvertida para el común de los mortales, sobre todo cuando se desnudaba frente a la ventana de su dormitorio como si quitase la funda a un mueble precioso.
21 de Julio
Adorada Elizabeth:
Sé que el momento por el que atraviesa es tan suyo como mio. Le ofrezco una solución que me parece la más adecuada. Si la acepta y creo que así lo hará, le permitirá relegar al olvido este incesante deambular. Estoy en condiciones de poner a su disposición una excelente estación de radio que muy pocos saben de su existencia, especializada en la solución de problemas sicólogos y sentimentales (una especie de secreto a voces). Dispongo de una hora cada día, tiempo más que suficiente para dar a conocer a mi selecto grupo de auditores cada una de sus inquietudes. Considero que está demás decir las ventajas de mi método. No obstante enumeraré algunas que valen la pena que conozca. Discreción asegurada en cuanto a edad, situación económica y estado civil. Su voz podrá ser escuchada por una frecuencia que muy pocos ubican en el dial.
Juzgo improbable que otras personas ajenas a sus intereses deseen oír sus confidencias. Así se descarta toda posibilidad de curiosidad malsana. No olvide que hay muchos desocupados de oficio que de alguna manera u otra se enteran de todo para provecho de su fines personales.
Quienes pudieran escuchar con cierta indiferencia hoy su versión, le podría asegurar que se interesarán por conocerla en vivo y en directo. No tendrán más que enviarle una carta con los datos personales, además de un seudónimo. Una vez que usted haya tomado contacto con cada uno de ellos, a través del teléfono o mediante carta o fax, tendrá todo el tiempo del mundo para pensar en cada respuesta que les desee enviar. Esto sin duda que evitara reclamos o posibles
celos de parte de más de algún auditor.
Solamente un descuido en la puntualidad de sintonizar el programa o un desperfecto en el aparato receptor, podría constituirse en una causa de desventaja tanto para usted como para la persona intere-sada. Pensando en esa posible contingencia, nuestro programa se inicia con una breve síntesis de las últimas conversaciones. De esta manera el relato se mantiene vigente y vuelve a recobrar el interés que posi-blemente pudo perder. Un fondo musical producirá el estado alfa entre los auditores y al hablar usted frente al micrófono no verá el rostro de quienes la escuchan lo que evitará todo tipo de inhibiciones (no ocurre así en la televisión) y le permitirá un diálogo abierto, es decir de corazón a corazón, impidiendo contradicciones vitales y olvidos involuntarios.
Si su historia resulta atrayente, cosa que proviniendo de usted no me merece ninguna duda, muchos serán los que tendrán interés en conocerla, lo que en mi caso personal redundará en contar con nuevos auspiciadores, permitiéndome un mayor ingreso económico, él que de mantenerse, abriría la posibilidad de aumentar el espacio y convertir nuestra audición de una hora de duración en un programa de tiempo indefinido para atender los miles de casos como el suyo que requieren de soluciones concretas.
¿Por qué no esperar de usted este milagro?
La saluda afectuosamente Claymond Bahr, fono 245-67-90 (no se llame a engaño no soy extranjero).
Persistía aún en Elizabeth una evidente molestia, un estado de
confusión que por momentos le resultaba agradable. Leyó nuevamente aquella carta, la primera que consignaba un nombre y supuso que era falso al igual que el número de teléfono. Los gritos de un grupo de jóvenes que bailaban al compás de un rock pesado, testimoniaban que el mundo continuaba y se reproducía lentamente después en el piso de arriba.
Pensó en aquellas personas con las cuales a corto o largo plazo se termina dialogando con ellas. Son esa especie de prójimos inevitables. Esto parecía un axioma que ella no estaba dispuesta a discutir por el momento. Digitó el número y sintió un terrible dolor en los labios cuando pronunció su nombre.
—El habla —contestó Claymond, desde el otro lado de la línea.
—Nunca se sabe a ciencia cierta —dijo— que esconde una voz detrás del auricular.
Esperó paciente un par de segundos que él volviera a insistir o a preguntar quien llamaba. Pero no lo hizo. Colgó suavemente y ella se tragó todo el silencio de la noche.
Dejó que el reloj tomara ventaja y justo a la medianoche sintonizó el Sony 817 en la banda de 700 metros en onda corta. La voz que Elizabeth hacía algunos minutos atrás había escuchado en el teléfono, saludaba con esa cordialidad acostumbrada a los auditores en los 1.257 kilociclos y se podía escuchar la síntesis del día anterior, y las más diversas voces e inesperados relatos profundamente melodramáticos: la de un viejo capitán de un bergantín griego que
lamentaba el hundimiento de su nave en las borrascosas aguas del puerto de Veracruz sin que él se decidiera a compartir su suerte; la de una prostituta que arrepentida de sus pecados terminó sus días en un monasterio haciendo el amor con su confesor; la de un payaso que se le acabó la risa en medio de su debut; la de una poetisa que murió esperando que una editorial publicara lo que ella creía eran los mil poe-mas de amor de la última década; la de un fruticultor que arrancó inesperadamente sus diez hectáreas de parronales para sembrar cáñamo sin sospechar que los de la brigada contra el narcotráfico sabían de antemano que estaba involucrado con los del Cartel de La Pincoya; la de una siquiatra que después de treinta años de escuchar tantos kilómetros de conversaciones estúpidas, terminó en las manos de un esquizofrénico que casi la estrangula, todos contando al mismo tiempo sus interminables historias, todos buscando que alguien los escuchara.
No todos por supuesto habían terminado de contar sus historias cuando la música de Bach puso fin a los últimos lamentos. La voz de Claymond se volvió a escuchar con la acostumbrada serenidad.
Este es un mensaje de Claymond Bhar, de esperanza y fe en la vida y en las posibilidades que el destino o el azar le tienen reservado. Sea optimista y piense positivamente que todo lo que usted emprenda le resultara bien. No sea como algunas damas que luego de ocupar la línea del teléfono, callan o se autocensuran. Recuerde que quienes escuchamos, somos personas que entendemos su problema.
Elizabeth alcanzó a advertir el temor que le produciría una alegría súbita o repentina. Y una vez mas se obligó a medir la distancia
que había entre la curiosidad y la angustia, concluyendo que era mejor esperar. Tres días le llevó olvidar las cartas y la voz de Claymond entre esa infinidad de contradicciones que tenían más carácter de aventura, de sonrisa que se expenden en el sistema financiero para captar a clien-tes ingenuos.
La noche apagaba la sombra de su rostro y la vida habitual de la calle subía por los cables del alumbrado como un cortejo de noctámbulos de regreso de una fiesta.
Se miró un instante en silencio frente al espejo y se habló hasta el amanecer.
Pensó furtivamente en el lugar en que había guardado ese traje gris de oficinista y por más que quiso recordar, tampoco sabía si la blusa color naranja, era con exactitud la que había regalado.
¿VACILO CHATEAUBRIAND AL JUGARSE LA ETERNIDAD POR LA CARICIA DE UNA MUJER?
—EL DÍA QUE ESTÉ CONVENCIDA, ACCIONARÉ DOS VECES EL gatillo. Me enseñaron que hay que hacer las cosas bien o simplemente no hacerlas —dijo Whilma, mientras encendía un cigarrillo.
Esta vez su voz no titubeó, menos tembló su mano la que apresuré el vaso de anís a sus labios. Mis ojos los saqué de su rostro, tan pronto como pude y sentí una corriente de aire frío que congelaba mis palabras y mi boca era sellada por una tonelada de silencio. Nunca la había oído hablar tan enserio, pese a que son veinticinco años que la conozco, ni Shonja que estaba al otro lado de la pieza, escuchando su música favorita.
A Whilma le gusta jugar a la duda, al malentendido y a las bromas de mal gusto. A veces logra lo que se propone, ponerme celoso y que me pase películas como malo de la cabeza.
La habitación maloliente por un montón de ropa sucia es invadida por la penumbra de la noche la cual se enreda con la pobreza pretenciosa que ni al más ingenuo lograría engañar. Así es ella. Le gusta sentirse grande entre las cosas pequeñas.
—Creo que cometí un error al volver nuevamente contigo —dice, con un gesto absoluto.
—¿Y qué te detiene para no olvidarme?
Me levanté de la cama desnudo y acercando la botella de pisco que había rodado debajo de la cama, bebí el último trago. Shonja, una vez más había escuchado nuestra conversación. Era su costumbre enterarse de los problemas ajenos. A veces le daba por intervenir en nuestras discusiones, dándome la razón en todo y aconsejando a su hermana menor que no debía ser tan incrédula y en otras ocasiones me manifestaba su más franco repudio, porque según ella “todos los hombres mienten”.
Whilma se ha sentado en el otro extremo de la cama con las piernas cruzadas, los pechos desnudos y suavemente embriagada, jugando tranquilamente con las pequeñas volutas de humo que se estrellan contra una lámpara que cada vez pierde una lágrima.
Su mirada taciturna parece haberla depositado en el rincón más lejano de la pieza y como obedeciendo a una voz interna, se levanta impulsada por una caricia invisible. Inconscientemente se cubre con una sábana y camina sonámbula hacia la ventana. Con desgano introduce la mano por entre la persiana, empuja el vidrio y la brisa fresca de la noche marca una huella en su rostro. Constato una vez más que cada día su cuerpo se desvaloriza como mi prestigio y pienso en lo estúpido que he sido durante este último tiempo.
—¿En qué piensas? —dice Whilma mientras corrige en los labios la fina línea del rouge.
En nada. Ahora ya ni siquiera pienso.
—¿Por qué mientes?.
No estoy mintiendo. Te mentiría si digo qué pienso.
—¡Vístete por favor! —lo ha dicho con un tono de franca molestia.
—Si me ayudas a encontrar la ropa —contesto.
—¿Valió la pena discutir? —me pregunto— gastar inútilmente las escasas energías hasta quedarme exhausto, maloliente la boca y resecos los labios, si al final de cuentas siempre puede más el imán de su cuerpo y ese encanto de animal felino que termina por atraparme. A menudo saldamos de esta manera nuestras diferencias, en el limitado dominio de estas cuatro paredes que son testigo de nuestras desavenencias, confusiones, celos y, por sobre todo, de estas terribles ganas de pasar haciéndonos el amor.
A un costado del catre, el velador con cubierta de vidrio de color verde y bajo el vidrio, varias fotografías de rostros comunes, piel morena, ojos cafés y pómulos salientes. Un billete de diez dólares que insiste en quedarse sobre ese montón de pequeños retratos que prefiero ignorar. Pienso que todos ellos en más de una ocasión han estado en esta misma cama contigo y que les has dicho lo mismo. Has aprendido a mentir Whilma, al igual que esas actrices de tercer orden que actúan en las teleseries después del mediodía.
—¿Quién te regaló ese dinero? —pregunta con una certeza que a cualquiera desconcierta.
—Por qué todo el tiempo que te traigo algo me dices lo mismo. ¿No puedes entender que también de vez en cuando me pagan por lo que
hago? Pregúntale al polaco, quién es el mejor pianista de música jazz. Tengo que hablarle como si estuviera siempre enojado. Esto es algo que no me gusta hacer.
Puedo adivinar, a simple vista, el número de gotas que le quedan a la botella de pisco, como también el tiempo en que demorarán en caer. Juego a menudo con las botellas, aparentemente vacías, y hasta el momento nadie me ha ganado en este juego.
—¿Por qué no dejas de estrujar esa botella?
—Continúa con el resto de la frase, Whilma. Sé que debo irme y no es necesario que a cada momento me lo recuerdes—. Mientras ordeno mis cabellos frente al espejo, hurto uno de esos cigarrillos largos y mento-lados y con doble filtro. “Chase”, creo que es la marca y antes de decirle cualquier cosa, arrojo suavemente una bocanada de humo celeste para borrarle el último rastro de ese rímel negro que enluta sus ojos.
—¡Idiota! —me grita— fíjate donde escupes.
Introduzco en los bolsillos mis escasas pertenencias: un encendedor que publicita un motel de Las Condes, una peineta plástica, tres monedas de cien pesos y el billete verde que transaré en el mercado negro. Regreso despacio hacia la calle con la sonrisa inútil de la venganza y desquite a corto plazo.
—¡Ya verás Whilma el día que tenga dinero!
Cruzo la esquina y me siento en una mesa recostado contra el
vidrio sucio y saturado de calcomanías. Se llama café y pido un café observando a través del espejo una partida de naipes. Esa mañana no hice otra cosa que recordar a intervalos el mal aliento de Whilma, el constante mal humor que la habita y que sin darse cuenta, la ha comenzado a envejecer, igual como a tía Felicia, quien cada mañana me bombardea con improperios para que me levante temprano y salga a buscar trabajo “porque según ella” encuentra inconcebible el estar hasta las “y tantas” de la noche con una ampolleta de cien watts, leyendo esos libros que ella cree son obra del demonio y los cuales no tienen ninguna utilidad práctica.
Mi tía dice, a quien desee escucharla, que si no fuera porque la casa es grande, con dos piezas a la calle, las que arrienda para oficinas, a lo mejor no tendría ni siquiera para comer porque la jubilación que recibe apenas le alcanza para pagar las cuentas de la farmacia. Ella olvida a veces que la mitad de esta casa me pertenece. Si no fuera así ya me habría puesto en la calle y ahí me habría visto en la obligación de vivir contigo, además de aceptar todos tus caprichos.
Pese a estos ataques de odio que de repente se apoderan de ti y que no logro entenderlos, te quiero como en aquellos tiempos cuando estudiábamos en la secundaria y te escribía poemas de amor en esquelas celestes, a las que agregaba unas gotas de Flaño, y que según mi hermana, te hacían suspirar noches enteras. Una mañana la madame de francés llegó a pensar que estabas enferma del corazón porque te desmayaste y después me enteré por Ximena que esas taquicardias y desvanecimientos se debían a que mi nombre no lo podías sacar de tu cabeza. Te importaba poco o casi nada que los demás supieran que estabas enamorada de mí. Suspirabas sin tregua
cada vez que me veías pasar por frente a tu casa. Tus miradas se hicieron tan notorias que hasta las feas de las Arteaga que siempre me saludaban con una sonrisa a flor de labios, se pusieron celosas murmurando entre el vecindario que tú me habías dado la prueba de amor, a la primera de cambio, esa que ellas deseaban de todo corazón por más que trataban de disimularlo. ¡Nunca pude entender por qué ellas llegaron a inventar cosas tan terribles! lo de tus desmayos, los cuales supuestamente se debían a un posible embarazo.
Si hoy tuviera que calificar mi romance con Whilma, de acuerdo a los cánones de la censura cinematográfica, las escenas de ese cortometraje serían para todo espectador, incluyendo aquélla del cumpleaños de la Matty, donde luego de besarla apasionadamente en un rincón del garage, desabroché su blusa, le solté el sostén y acaricié sus pechos, luego sentí que todo aquello era producto de dos vasos de Coca-Cola con Ron que bebí para envalentonarme, porque hacía tiempo que tenía ganas de recorrer la superficie de su piel.
No sé en qué momento rodaron por sus mejillas un par de lágrimas que humedecieron mis manos. Recuerdo que me dijo llorando que su mamá la interrogaba como a una espía, revisándole la ropa inte-rior, buscando algún rastro de marca obscena en el cuello.
La madre de Whilma estuvo siempre empecinada en hacerla creer que las cosas del sexo eran malas, que las niñas de familia debían llegar vírgenes al matrimonio y nada de andar con uno y otro, porque eso estaba bien para las demás: “Tú debes sólo dedicarte a estudiar, a preparar tus exámenes para el bachillerato, porque tienes que ingresar a la Universidad y recibirte de algo, no importa de qué,
pero debes ser profesional, igual que tus primas, y casarte como ellas con ejecutivos de importantes empresas o funcionarios del Ministerio de Relaciones Exteriores, no con estos don nadie, porque así no llegarás a ninguna parte”.
Whilma, debo reconocer que tu madre siempre deseé lo mejor para ti. Imagino que todas actúan de la misma manera en este tipo de circunstancias, aunque muchas veces estas interpretaciones son meras conveniencias sociales. Ella insistía en que tú debías relacionarte con gente importante y no con los proletas de este barrio que no tenían nada que ofrecerte.
Será mejor que vaya a dormir a otra parte —me dice el hombre moreno que lleva una pequeña corbata de humita negra que cuelga de su cuello. Apenas logro escuchar su voz cuando una violenta palmada termina por despertarme. Puedo advertir en aquel rostro la cuenta mental que lleva y los escasos segundos que faltan para que me expulse.
En una actitud de suprema arrogancia pongo sobre la mesa el billete de diez dólares. El hombre ni siquiera lo mira. Creo que imagina que se trata de una perfecta falsificación y mostrándome la salida por última vez, me dice con una voz de trasnochado: “este lugar no es para vagos”. Afuera, el sol se introduce como un disparo en mis ojos y naufraga la mirada en el solitario banco de la esquina. Entibio mis rodillas con la palma de mis manos y un bostezo se traga lentamente la mitad de la mañana. A veces llegan estos días que no necesito, los últimos de abril, cuando van a comenzar las lluvias y la bronquitis se viene con todo, arrojándome de bruces a un mortal estremecimiento.
Llego a casa como a eso del mediodía y encuentro a tía Felicia instalada en la cocina con su plato de sopa humeante, el vaso de leche y el frasco de vitaminas que siempre lleva consigo. Doy dos golpes ala puerta y haciéndome el gracioso me siento a su lado.
—En la olla azul queda sopa —me dice con ese aire de indiferencia que es tan característico en ella.
Nunca sé a ciencia cierta si lo que ofrece es por cariño o sencillamente lo hace porque no tiene a quien dárselo. Después de haber vivido quince años en esta casa, he llegado a la conclusión que es esto último.
Ella permanece en silencio, absorta en el noticiero, mientras introduce en el vaso de leche trocitos de galletas de vainilla encargándose que todos sean iguales. Una vez que el locutor se despide, ella apaga el televisor, se levanta perezosamente, deposita en el lavaplatos cada uno de los utensilios con tal lentitud que se podría pasar el resto de la tarde. Antes de abandonar la cocina me comenta con ese cansancio que lleva desparramado en el cuerpo, que durante la mañana, ha estado llamando insistentemente una tal Whilma.
—¿No es la misma Whilma que yo conozco?—pregunta con un aire de molestia, mirándome los zapatos que han extraviado sus cordones. Hace un gesto propio de su vejez y luego cuelga con parsimonia el delantal floreado y toma el acostumbrado camino hacia su pieza.
Un círculo en mitad de la hoja del calendario me recuerda que mañana 13 de mayo es el cumpleaños de Whilma. Ya ni sé cuantos cumple, pero nadie creería al verla que es menor que yo. Parece que algunos años le han llegado en forma anticipada o con cargo a futuros aniversarios de su nacimiento.
La noche otra vez se viene encima como una bofetada, ahí donde más duele, en el lugar exacto de la herida que no cicatriza. Instintivamente echo a caminar por la misma calle oscura y no deambula, ni la pasitos cortos que contonea sus nalgas ni la de la blusa transparente y pezones erectos.
La vereda se pierde al doblar la esquina y la única ampolleta, apenas ilumina mi cigarrillo entre los labios. Al fondo de la muralla un montón de letras rojas superpuestas y de diferentes tamaños, invitan a la disidencia, llaman a paralizar al país, a seguir con las protestas. Cruzo en diagonal y comienzo a sentir la cercanía de su presencia, ese perfume con cefalea incluida que tanto le agrada.
Me detengo unos cuantos metros antes de su puerta, la misma que anoche me diera en el rostro y ahí me quedo como un estúpido, como creo que soy. Ahora los momentos se encogen y se estiran, hacen imposible exonerar la pegajosa transpiración detenida en mis axilas, en mis zapatos de celestes calcetines nailon que se resisten a dar un paso más.
Mis manos entre mis bolsillos rotos palpan la vellosidad de mis piernas y pienso que podrían estar recorriendo las tuyas, cada
centímetro de tu espalda, de tu cabello masacrado por tinturas baratas que un día fue claro como una mañana de primavera.
Debo confesarte que mis oídos aún guardan tus palabras y esta vez no puedo disimular mi angustia que cae de los ojos y rebota contra el pavimento para luego meterse por entre las persianas y tatuar en tu rostro una caricia. Presumo que tus insistentes llamados, obedecen a que no puedes estar sin mí, como en aquellos tiempos, cuando ni tú ni yo sabíamos lo que iba a pasar con nuestras vidas. Pero no voy a ponerme a recordar aquello, sería demasiado doloroso.
Una melodía de contradicciones sobrevuela mi cabeza y, automáticamente, me aplico la ley de la fuga, burlando semáforos, tropezando con el aire, atropellando jardines, bolsas de basura y esta maldita oscuridad que persiste en olvidarme, en confundirme con toda la penumbra de esta ciudad.
Un instinto demencial me hace tomar el consabido atajo hacia la Plaza Brasil, donde me sumerjo en el hedor etílico del Konnien Bar, poniendo sobre el mesón del polaco, mi billete de dólar, transándolo por una botella de Ghin. Mis rótulas aún sienten el dolor inexplicable de la maratón y me digo palabras soeces, olvidándome que soy el mejor pianista de Jazz y él que conoce a todas las rubias Mireyas.
Whilma tú eres diferente a todas. Pese a que te empeñas algunas veces en hostilizarme hablándome de cada uno de tus huéspedes como si fueran trofeos de guerra. El carillón de Los Agustinos da once campanadas exactas y las últimas palomas en llegar se refugian, una a continuación de la otra, estrechando filas, igual como
los soldados cuando se preparan para un desfile.
—¿No creo que desees quedarte ahí parado toda la noche como un idiota? —me grita Whilma desde la ventana del segundo piso.
El sonido áspero de su voz muerde la noche y un pedazo oscuro cae sobre mis ojos y siento que todo regresa como en aquellas tardes de estudiante de Liceo Fiscal. Prefiero no recordar nada para no caer en la trampa de un destino ordenado el cual desde muy joven rechacé para fomentar con deliberada pasión el olor de la clase media baja, esa que huele a fracasos cotidianos, drogadictos, alcohólicos, suicidas y ruines deseos que se adhieren a las paredes por más que a estas las pinten color crema o amarillo.
Subo los peldaños con esa facilidad de una operación aritmética y estoy en el límite de su pieza.
—¿No vas a entrar? —pregunta con la mirada, mientras enciende uno de esos cigarrillos sofisticados.
Permanezco bajo el dintel como un triste lugar que se resiste al primer intento. Ella a veces reconoce en mí, a un buen intérprete de Jazz, aunque esa no fue la música que bailábamos en los malones. De repente suele ser generosa en sus elogios sobre todo cuando conoce a personas importantes, porque al fin somos lo que nos piensan: los agrios, nos hacen agrios, los dúctiles nos piensan dúctiles. Pero Whilma sabe disimular con amnesias, toses y sonrisas mal intencionadas mis preguntas. Siempre que puede me miente y lo he comprobado todas estas veces, cuando la he visto llegar de madrugada o en la mañana totalmente borracha. Pero ella se las arregla para que nadie crea que
eso es posible.
Con el mismo movimiento perezoso de otras noches se desnuda dejando sobre el sillón el vestido escocés y la enagua negra.
—¿Quieres un vaso de anís? —dice mientras acomoda su cuerpo entre las sábanas floreadas.
La pieza atiborrada de posters con números telefónicos comienza a entristecerme, a deprimirme y no puedo hacer otra cosa que aceptar su ofrecimiento. El alcohol logra una vez más el efecto deseado, aletarga mi cerebro, hace grotescos mis remedos y acelera mi libidinosidad
—Whilma no creo que podamos seguir así por mucho tiempo.
—¿Me quieres decir que encontraste otra mujer?
—pregunta con una tristeza que no puede disimular. Sabía que esta falta de comunicación tarde o temprano nos llevaría al silencio, al ruido monótono de las mismas palabras, de los antiguos long plays de los Rambler, de los Diablos Azules, de Los Beatles y de Paul Anka y de los objetos cotidianos que de tanto verlos en el mismo lugar parecen deteriorarse. El pensamiento que de tanto vagar por aquellos vericuetos de la memoria, aguarda el transcurso de situaciones inútiles. Tengo el recuerdo que gravita precisamente porque no son recuerdos, sino las marcas de otras vidas que persisten y que no podemos ignorar.
Whilma se ha puesto nostálgica. Hasta su sonrisa que era algo permanente sufre de melancolía como un perfume que ha envejecido en algún pañuelo olvidado.
—¿Por qué piensas que no te quiero? —pregunto.
Ella me mira con esos inmensos ojos verdes que parecen tragarse la exigua luz de la pequeña lámpara.
—Whilma, quiero que sepas, que a contar de hoy he dejado mi oficio de vago y tú me prometerás que de ahora en adelante, abandonarás tu profesión de prestamista del placer. Nos vamos a amar lo suficiente, ya no quiero buscar en otras el tacto de tu piel, ni que tú te regales al sorteo de la calle para que cualquiera te habite, dejándote a menudo más de una tristeza. ¿Cómo sabes si desde hoy en adelante logramos confundirnos con todos esos matrimonios que regresan cada tarde del supermercado con bolsas y paquetes? Imagino el día que cocinarás para mí, tu único invitado, donde nunca habrá un intruso sentado a tu mesa con una cerveza tibia en las manos, botando al piso cenizas y escupiendo de lado, impaciente por atrapar tu cuerpo y arrojarte sobre la cama, despojándote la ropa, forzándote a que lo ames, aunque no tengas ganas. Dime, lo que te propongo ¿eres capaz de entenderlo?
Ni siquiera me di cuenta cuanto tiempo permanecí hablando. Whilma dormía profundamente y su rostro había adquirido una extraña palidez. Me abalancé sobre su cuerpo y la rigidez de los músculos de sus brazos, aceleraron los latidos de mi corazón. Grité ¡Shonja! ¡llama una ambulancia!... y luego me fui a la raíz cuadrada de la angustia.
Permanecí hasta el amanecer en el servicio de urgencia del Hospital San Juan de Dios, hasta que una enfermera se acercó para preguntarme si yo era el marido de Whilma.
—¿Cómo está ella? —pregunté.
—Se hará todo lo posible. ..—luego calló—. No todos resisten una fuerte dosis de dietilpropión —respondió la mujer.
Me quedo pensando en la cercanía de los ojos de Whilma, en su rostro dulce y tranquilo. Muera la lluvia oscurece la calle y hasta el alma parece innecesaria. No alcanzo a cruzar la calle cuando encuentro a Shonja con dos hombres de impermeables negros.
Uno de ellos me muestra su placa de policía y me dice que suba al auto. En el trayecto Shonja desliza un par de palabras:
—Nunca se sabe de que lado viene la sospecha.
Recordé por un instante aquellas historias de amor donde por un regalo muchas jóvenes ofrecen su cuerpo al mejor postor y a ese médico sicópata que controlaba los carnés, autorizando el libre ejercicio de la prostitución dentro de los límites del pudor. Guardé silencio y no por eso —me dije— que uno deja de ser hombre. No fueron sólo las palabras de Shonja las que alteraron mi adrenalina. Era más bien el asco, la repugnancia y a veces el odio por aquellas féminas que creían que culpando a las demás de los mismos errores, ellas estaban facultadas para ofrecer una felicidad adulterada y darse el gozo didáctico de algunas pequeñas venganzas.
Dudo que Shonja haya entendido lo que dije mientras descendíamos del vehículo. ¿Vaciló Chateaubriand al jugarse la eternidad por la caricia de una mujer?
No creo que ella entienda este tipo de cosas.
COMO ERA AQUELLO DE LAS OBSESIONESSEXUALES Y LOS RETRATOS AL OLEO
LA DESCUBRIÓ CERCA DEL ESTADIOSAN EUGENIO, COMO a eso de las siete, en una plaza de juegos infantiles que acababan de inaugurar. El papel picado, los cucuruchos de diferentes colores y los potes de helados vacíos, eran un recuerdo inmediato del día anterior. Mientras reunía las monedas para abordarla 57 Recoleta-Lira, no pudo apartar su mirada del rostro de aquella joven.
Dibujaba habitualmente caricaturas de futbolistas famosos, como una forma de ganarse la vida. Era más rentable que delinear el rostro de algún cantante rockero de moda. Hoy había vivido, una de aquellas tardes, donde no pasa nada en los estadios. “Se acabaron aquellos tiempos en que el fútbol era la pasión de las multitudes, como lo dijo el comentarista del programa Más Deporte”.
—¿Si supiera Carlitos todo el dinero que me hizo ganar?
Era tarde para rememorar el pasado y, no obstante de compartir la opinión generalizada de los entendidos, recordaba la década del ochenta y los cientos de caricaturas que había vendido del astro albo. No resistió la tentación de situarse bajo la acacia solitaria. Era un buen lugar para espiarla sin que ella se diera cuenta. La mujer tema una actitud de preocupación que se reflejaba en sus manos y la mirada puesta en un lugar inexistente. Daba la impresión de una evidente señal de abandono. El encendió un Hilton y lanzó suavemente el humo en la dirección exacta en que se encontraba. Ella lo miró con displicencia y continuó tan ensimismada como antes.
El calor de la tarde le quemaba los nervios. Los gruesos pantalones comprados en una tienda de ropa americana ni siquiera se inmutaban frente a la tibia brisa que antecedía a la noche. Se acercó un par de metros y comenzó a jugar con una lapicera sobre la superficie del papel. Hizo varios bocetos con la clara intención de captar algún rasgo específico de aquella joven. Entonces ella cambió violentamente de posición, dándole la espalda.
La polera que llevaba caía sobre los hombros de la mujer, cubriéndole gran parte de los antebrazos. Parecía por el color a un semáforo en permanente luz amarilla. El movió la cabeza en semicírculo, tratando de descifrar en su espalda una palabra que estaba en letras negras. Ella también dio vuelta la cabeza y esta vez sus ojos de color verde lo invitaron cortésmente a seguir su camino.
—¡Oye Rubia!, dime algo.
—No estoy para nadie —replicó con un tono de franca molestia.
El extrajo de su viejo saxoline un estuche de cartón negro, brillante. Abrió un frasco y dijo:
—Huele esto, creo que te agradara.
Ella puso una gota sobre la mano y agudizó el olfato. Un gesto de desconcierto se dibujó en el rostro de la mujer. Perfumo pudo comprobar que no contaba con su aceptación.
—¿No es tu aroma preferido? —dijo tratando de disimular la mala
calidad del perfume.
—Es que no uso colonias —respondió ella. Ahora el tono de su voz había cambiado como la curiosidad capaz de atravesar las horas vulnerables del amanecer. El intentaba prolongar esos sesenta minutos que separan el día de la noche, ese tiempo en que a la mala suerte le da por meterse en cualquier parte, ofreciéndose en forma gratuita. Pensó: “Tradición o mero instinto, uno se transforma y comienza a visitar iglesias, santuarios y capillas, paga mandas, hace ayunos prolongados y ejecuta toda clase de ritos que en otras circunstancias por ningún motivo haría para no ceder a que en cualquier instante le lancen la toalla en señal de abandono”.
—¿En qué piensas? —preguntó ella.
Clavó las pupilas en medio de su boca. Tenía el rostro limpio y lo acentuaba una mirada inteligente.
—En nada contestó —él.
Todas las noches parecían ser iguales, lo habían sido durante mucho tiempo con sus horas exactas, un cielo duro y estrellado como un vaso que se quiebra. Las oscilaciones del pulso delataban inseguridad y la temperatura del pasado en cada instante recobraba un nuevo lugar en su memoria.
—Esta noche —murmuró— desertaré definitivamente de esta mala suerte que el destino se empecina en implantarme.
—¿Qué es lo que estás diciendo?
Y luego, otra vez el silencio. Una curiosidad le causó extrañeza: su rostro pálido. Encendió otro Hilton, el último. Aspiró fuertemente y lo puso en los labios de la mujer en una actitud de amistad tratando de ganarse su simpatía.
—¡Esto apesta! —dijo, arrojándolo violentamente contra el suelo.
—Disculpa. No hay más.
Recordó lo agradable de algunas noches de verano cuando excitado y viril por la falta de sueño y el exceso de calor, se apoyaba en la ventana del tercer piso del ex Hotel Bristol, fumándose media cajetilla. Se le vino a la memoria el nombre de su profesora de dibujo en la Facultad de Bellas Artes: una alemana de un metro setenta y cinco de estatura que un día le pidió la retratara desnuda como lo hacía Rubens. No alcanzó a concluir la primera sesión cuando ya se había encamado con ella. Como era lo de las obsesiones sexuales.
—¿No me has dicho tu nombre? —inquirió ella.
—Perfumo. Roberto Perfumo. Pero todos me conocen más por mi apellido. Debe ser que vendo perfumes y la gente tiende a confundir con facilidad las cosas.
Ella observaba con atención cada uno de sus movimientos y se entretenía escuchándolo con esa vehemencia tan propia de los artistas. Era más bien joven, tenía la tez blanca y comenzaba por agradarle su forma de ser.
—Roberto. ¿Puedo preguntarte algo?
—Depende. —contestó con una mirada inquisitiva.
—¿Qué parentesco tienes con ese Ministro Inglés, al que sorprendieron en un acto de inmoralidad y tuvo que renunciar a su cargo?.
—Ves que no sabes nada —dijo, como si lo hubiera ofendido con aquella pregunta. —Ese señor del que tú me hablas es el que enviaba secretos a los rusos y se llamaba John Profumo. Confunde pero no ofendas.
Ella se extrañó por esa visible muestra de violencia y no pudo disimular su desencanto. Una vez más la falta de ecuanimidad traicionaba a Perfumo y no se le ocurrió nada mejor para arreglar su desatino que hablar del origen histórico de los perfumes en la antigua Babilonia. Hizo gala de sus conocimientos y de algunos secretos en la fabricación de esencias eróticas.
La mujer lo escuchaba con el mismo entusiasmo de un principio y dejaba que fuera él, quien tomara la iniciativa.
—¿Qué hacías hace un rato con ese lápiz?
—Tomaba apuntes para hacer un retrato tuyo.
Abrió el saxoline y acercó un block de dibujo. Ella miraba con detención cada uno de sus bocetos.
—Si te agradan, déjatelos.
Ella con una sonrisa, agradeció el gesto sin decir nada. El se imaginó por un instante que dudaba de su capacidad de retratista. Buscó entre sus cosas un álbum y lo puso en las manos de la mujer.
—Todas esas fotografías corresponden a mis últimos trabajos —dijo en voz alta.
Perfumo con un aire de satisfacción nombraba a cada uno de los personajes, concluyendo que el señor alto y con aspecto de conde venido a menos era el presidente del Club de la Unión.
—¿No entiendo entonces por qué haces caricaturas en los estadios?
—Porque no todos disponen de cieno doscientos mil pesos para pagar por un retrato, pero si cualquiera, tiene un par de monedas para una caricatura, y entre morirme de hambre y hacer monos como tú le dices, prefiero esto último. Los artistas no tenemos la misma suerte de los empresarios o de los banqueros. Vivir del arte en estos últimos tiempos resulta quizá el más absurdo de los propósitos, pero yo no puedo asesinar en mí, a ese otro yo, que también tiene derecho a vivir. No sé cómo pude perder seis años en la Escuela de Bellas Artes, —agregó como si estuviera frente a una tribuna, pronunciando un discurso de trasnochadas reivindicaciones sociales.
El hubiera preferido callar y no tener que entrar a dar largas explicaciones, ni defender o justificar la aparente utilidad de su oficio. Sabía mejor que nadie como era ese negocio, no obstante, ella
comenzaba a agradarle y nada le podría molestar de aquí en adelante.
La mujer guardaba silencio. Tenía la suficiente sensibilidad para entenderlo. Pero eso no era suficiente en estos tiempos.
—Te invitaría una cerveza pero no creo que pueda ser esta vez —dijo Perfumo.
—¿Qué te parece si vamos a mi casa? —propuso ella. No supo exactamente en qué momento decidió aceptar el ofrecimiento. En otras ocasiones, inmediatamente, las había rechazado. Se acomodó bajo el toldo de la terraza con un par de Royal Guard. Las saboreó hasta su última gota, haciendo sonar los labios cada vez que el vaso lo llevaba a la boca.
Ella encendió un cigarrillo que él de inmediato reconoció la marca. El aroma del tabaco llegaba hasta sus narices, confundiéndose con el azul de la noche.
En el centro de la mesa las dos botellas vacías eran un mudo saludo al calor que lento iniciaba su regreso. Ella apagó el cigarrillo y levantándose de la silla con un suave ademán le comentó que era hora de dormir. El también se puso de pie en una actitud de marcharse.
—¿Puedes quedarte si lo deseas?.
El tono de su voz fue dulce y sensual. Perfumo sintió que aquellas palabras se introducían por los oídos y se depositaban justo en medio del corazón. Una leve sensación de incontenible placer sonrojó
sus mejillas, poniendo en alerta sus hormonas.
El cabello rubio caía sobre la polera amarilla que se fijaba en sus senos. Su rostro denotaba una alegría cómplice y sus ojos verdes la hacían aún más atractiva. Su sensualidad lo desafiaba.
—Gracias por invitarme. ¿Pero no me has dicho tu nombre?.
—Frida —respondió ella.
—¿Te molesta si antes me ducho?
Ella le contestó que el baño estaba cruzando la galería a mano derecha y que a continuación se encontraba la pieza para alojados. Es posible que la cama no tenga sábanas. En el primer cajón del closet las encontrarás. Se despidió con un simple hasta mañana y sus pasos se deslizaron tan suavemente que parecían extraer antiguos ruidos de cada peldaño de la escalera.
Perfumo consideró que no tenía ningún sentido práctico ducharse a esa altura de la noche, ni menos poner sábanas por unas cuantas horas. El encuentro con Frida en la plaza de juegos infantiles se había convertido en un enigma. Se tendió en la cubrecama de brocato rojo. Llevaba puesto los calzoncillos y la medallita de plata con la efigie de la Virgen María. Esperó que el sueño lo abatiera en el primer round.
A la mañana siguiente ni él, ni siquiera la última calle supo de su presencia. El primer insulto frente al espejo se lo dedicó a su ingenuidad, a la falta de manejo en materia de finiquitar situaciones
sentimentales. Se levantó como autómata y dejó caer el agua de la ducha sobre su cuerpo. Puso medio frasco de shampoo en su cabeza y esperó tranquilamente que el vital elemento hiciera su trabajo.
Aunque no podía entender nada, ni nadie podría atenuar su molestia, había decidido en principio marcharse en silencio. Pero algo lo hizo cambiar de parecer y optó por despedirse de Frida. Lo haría solamente para no deshonrar la memoria de los antiguos inmigrantes florentinos que tenían fama de caballeros, en especial los “Perfumo”.
La encontró en la cocina. Llevaba una camisa de dormir de seda blanca sin mangas y tomaba café mientras leía el diario.
—¿Dormiste bien? —preguntó Frida sin levantar los ojo