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Publicado en
Revista Sinalefa, No. 17, mayo–agosto, 2007
“
La Conjura de los Necios”
“A
Confederacy of Dunces” de John Kennedy Toole
Por
Ismael LorenzoHace más de veinte años, viviendo en New York, un amigo me prestó una novela, “
A Confederacy of Dunces”, de John Kennedy Toole, me pareció tan graciosa y maravillosa que decidí que merecía la pena comprarla, pues acostumbro a devolver los libros que me prestan. Cuando fui a buscarla en las librerías neoyorkinas, para mi pesar no pude encontrarla, allá en 1984 volaba de los anaqueles de las librerías.
Un par de años después, cuando caminaba por Santa Cruz, una playa de California con unas calles tan parecidas todas que no podía encontrar dónde había dejado aparcado mi coche, pasé frente a una pequeña librería y decidí entrar para refrescarme del calor de verano. Allí vi un ejemplar de “
A Confederacy of Dunces”, y me apresuré a comprarlo, después he comprado muchos más, que he dado como regalos, creo que un libro es un excelente y saludable obsequio y no hay nada más refrescante que esta novela de John Kennedy Toole.
Este genio de la literatura se suicidó el 26 de marzo de 1969 en Biloxi, Missisipi, a los 31 años conectó una manguera de jardín al escape de su coche y puso la otra parte a una abertura de la ventanilla trasera, con las otras ventanillas cerradas con él adentro. Siempre me ha pesado cuántos magníficos libros nos hubiera podido dar, sino hubiera ocurrido esto.
Toole estaba convencido que había escrito una obra maestra, sin embargo ningún editor de la época (1966) quiso publicarla. Simon & Schuster, la famosa editorial neoyorkina, le respondió como motivo de su rechazo que “la novela no era sobre nada específico”. No me cabe duda que el lector de esta prestigiosa editorial que rechazó la novela, pertenecía a la Confederación de los Burros. (Una traducción más correcta de “
dunce” es burro, pero en español luce un poco fuerte, quizás por eso quedó como “
La Conjura de los necios”). En esa ocasión como en muchas, los necios vencieron.
Casi siete años después de la muerte de Toole, sólo la insistencia de su madre Thelma Ducoing con el escritor Walter Percy, que enseñaba literatura en la Loyola University de Nueva Orleans, en 1976, logró que este leyerara la novela, quedara encantado y usara sus influencias para lograr publicarla en 1980. Once años después de la muerte de su autor y más de catorce años de haber sido escrita. Por esta novela que nadie quería publicar, al año siguiente, 1981, John Kennedy Toole recibió postumamente el premio Pulitzer de Ficción. Un poco tarde, pero ahí queda la novela, de la que se han vendido más de dos millones de ejemplares y traducida a 18 idiomas.
En New Orleans existe una estatua a Ignacius J. Reilly, el extravagante protagonista de “
A Confederacy of Dunces”. Y esto da una idea de cuán popular ha llegado ser esta obra.
Ignacius era un gordo altanero, de vestir estrafalario, que se autoconsideraba un genio en un mundo en decadencia que había que cambiar. Su madre lo había enviado a una buena universidad, pero sin ningún interés en sacarle provecho a sus estudios, se pasaba la mayor parte del tiempo acostado viendo televisión y dándole a su guante. Pero su madre, algo dada al vino, había destrosado el balcón de una casa con la parte trasera de su coche, y para pagar esta deuda quiso que Ignacius trabajara.
Y son estos intentos de buscar trabajo de Ignacius, para huir de las cantaletas de su dominante madre, lo que componen las innumerables divertidas situaciones de esta novela. Entre otras cosas, es una escondida burla a toda una serie de valores de los liberales norteamericanos, como la huelga en la fábrica de pantalones vaqueros, donde los negros trabajadores miraban un poco extrañados esa sábana manchada de ... y usada para escribir consignas. Huelga que duró sólo unos minutos, o su promiscua amiga neoyorkina siempre a la última de las consignas liberales.
La novela comienza cuando Ignacius J. Reilly, alto, gordo, voluminoso, tranquilamente aguardaba por su madre afuera de una tienda por departamento, vestido con unos amplios pantalones de tweed, una camisa a cuadros de lana y una gorra verde con orejeras, que no encajaba bien en su cabeza debido a la gran cantidad de pelo que tenía.
Mientras su madre hacía las compras dentro de la tienda, Ignacius miraba con desprecio a todo el mundo a su alrededor, y analizaba el mal gusto de ellos al vestir. De pronto, despierta las sospechas de un sagaz policía encubierto que le pide una identificación. Quería ver su licencia de condución. Ignacius nunca en su vida había conducido un coche y no tenía licencia de conducir. El policía se apodera con sospecha de una inocente bolsa que llevaba Ignacius con hojas de música. De ahí en adelante, Ignacius le empieza a gritar que vaya a perseguir a prostitutas, proxenetas, tahures, exhibicionistas, alcohólicos, onanistas, sodomitas, pornógrafos y lesbianas de los que Nueva Orleans estaba llena y lo golpea con las hojas de música. Todo esto forma un tumulto en el que varios salen en defensa de Ignacius. Lo que aprovecha este para huir con su madre que acaba de salir de la tienda.
Luego de alejarse del policía encubierto que finalmente arrestó a un inocente viejo que lo acusaba de comunista, Ignacius y su madre entran a un bar cercano para refugiarse y tomar un par de cervezas. Los sucesos en este bar, más tarde, iniciarán otra línea de narración, que se irá mezclando con la narración de las aventuras y desdichas de Ignacius. Luego que salen del bar, la madre de Ignacius, algo tomada embiste con la parte trasera de su viejo Plymouth contra una columna que soportaba un balcón, derrumbándolo. De la necesidad de pagar esta demanda, comienzan los acicates para que Ignacius trabaje, también la amistad de su madre con el Mancuso, el policía encubierto que quiso arrestarlo y luego asistió a la escena del accidente del balcón, esta es otra línea narrativa que se entremezcla con las dos anteriores.
Esta no es simplemente una novela divertida, su atracción y perdurabilidad consiste en que en nuestro vivir diario cualquiera se tropieza con estos necios que nos hacen la vida más imposible y difícil de lo que es. Son las múltiples formas de burócratas, fanáticos, arrogantes, corruptos y superficiales snobs que pululan en nuestro mundo moderno.
John Kennedy Toole escribió sobre ellos, enseñándonos que una forma de combatirlos es con desprecio. Toole siempre se destacó, algo que atrae envidias. Al graduarse de la Tulane University, en New Orleans, obtuvo una beca para la Columbia University, donde hizo su Maestría en inglés y comenzó su doctorado, que tuvo que interrumpir para ir a cumplir su servicio militar. Fue destacado a Puerto Rico, donde escribió la mayor parte de "
A Confederacy of Dunces".
Desde que Toole terminó esta novela que nunca pudo publicar en vida, ni mucho menos “
La Biblia de neón”, su primera novela que escribió a los dieciseis años, hasta nuestros días, se han publicado y elogiado decenas de miles de libros que nadie ya recuerda. Sin embargo,
A Confederacy of Dunces (La conjura de los necios) sigue leyéndose y releyéndose con gran placer. Al final Ignacius J. Reilly ha ganado su lucha contra los burros de todos los días.
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Publicado en la revista
Término, Vol. I, No. 2, Cincinnati, Ohio, 1983. Adjunto en
Tres Novelas, Ismael Lorenzo, Intelibooks, CA, 2003.
LA GENERACION DEL SILENCIO por
Manuel Ballagas El lugar: un pueblecito del viejo Oeste llamado Tombstone (Lápida) regido severamente por el famoso Pecos Bill, con el concurso del Sheriff Masterson y un puñado de hombres de valía . El enemigo: los malvados cuatreros del norte. Víctimas del sistema resultante: todos los habitantes de Tombstone , y en particular, un muchacho llamado Henry El Fullero. Su obsesión (la misma de tantos tombstonenses o lapidarios): huir a Pénjamo, donde las praderas parecen ser más verdes.
Ismael Lorenzo escribió
La Hostería del Tesoro en Cuba de estos tiempos, donde hacer literatura es una tarea cuando menos sospechosa; más tarde, logró pasar la obra de contrabando a Estados Unidos , y tras ella, por lo que se ha visto con posterioridad, vino él mismo para prolongarla y editarla, cosas estas que —al decir de los cubanos — son como para darse con un canto en el pecho, por los riesgos que todas ellas implican.
Prescidiendo de las peripecias extraliterarias,
La Hostería del Tesoro es una obra cuyo sostén no lo constituye el mero contexto en que fue escrita y escamoteada a los atentos ojos del censor y del policía (y de donde algunos aseguran que nada bueno puede salir). De hecho , no ha venido precedida del bombo sensacionalista que ha apoyado la publicación de otras novelas de cubanos exiliados.
Lorenzo pertenece a una generación que no halla identidad o centro de gravitación en vehículo expresivo alguno ( léase Revista de Avance , Orígenes o Lunes de Revolución ). Cuando un ejército de barbudos ocupó la isla en 1959, el autor apenas era un niño. Diez o doce años después, todos los medios de comunicación disponibles en Cuba (incluyendo, por supuesto, las revista literarias) habían pasado a manos del Estado, e indirectamente, a los sectores más arribistas de las generaciones precedentes .
Salvo raras excepciones (pensamos en Reinaldo Arenas , por ejemplo ), sólo el exilio en Estados Unidos y otros países ha permitido que la nueva generación de escritores cubanos viera sus obras publicadas , dando lugar a una verdadera eclosión de autores menores de 40 años, casi todos sospechosamente inéditos.
Cuando en 1965 —por órdenes expresas del dictador cubano— fue clausurada la editorial El Puente, su director José Mario no cosechó los beneficios de una campaña internacional en su favor . El hecho no suscitó tampoco la más débil protesta por parte de los intelectuales cubanos formados en etapas precedentes. A la sazón se hallaban casi todos bién insertados en la burocracia cultural y en la diplomacia castristas; en el mejor de los casos, la clausura del único órgano de expresión con que contaron en Cuba los escritores más jóvenes constituía para ellos un incidente inoportuno y embarazoso. Fue preciso, pues , “inventar “ una generación sometida a los dictados del régimen y al buen juicio de sus mayores, y así fue como surgió de la nada el célebre Caimán Barbudo, publicación destinada a atomizar, más que a aglutinar, a los nuevos valores.
Al oportunismo político de las anteriores generaciones (particularmente, la de Lunes de Revolución) debe, pues, agregarse una falta mayor: la de haber propiciado, por acción o por omisión, el silenciamiento de todas una nueva hornada de escritores cuyo talento no ha hallado efectivo eco ni en las publicaciones oficiales cubanas, ni en los concursos que han servido para legitimar el dudoso valor de tantos libros que —aun vueltos a publicar en el exilio— transpiran la falsedad y las turbias intenciones que los inspiraron.
Las limitaciones impuestas poe el régimen de terror no impidieron que Ismael Lorenzo reflejara de manera perceptible las circunstancias en que le había sido dado existir y crear. Tombstone es una clara metáfora de la Cuba castrista , de la misma manera que Henry El Fullero es la viva estampa de esa de curiosa especie de animal frustrado y sólo a medias sumiso, producto de los laboratorios políticos donde se fabrica el llamado hombre nuevo. Por supuesto, semejante libro jamás hubiera obtenido el Premio Casa de Las Américas, ni mucho menos el de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Por idénticas razones, es probable que los medios editoriales hispanos de mayor prestigio —muy dados a recoger los desechos del muestrario cultural castrista— opten también por ignorarlo.
Puede decirse que Ismael Lorenzo ha escrito la primera novela pop cubana. Este elemento , presente ya en otras obras literarias latinoamericanas (Carlos Fuentes , José Agustín, Parménides García Saldaña ), se hace patente en
La Hostería del Tesoro a través de la curiosa nomenclatura que sirve de máscara a la escurridiza naturaleza de sus personajes. Tenemos así no sólo a Pecos Bill y al Sheriff Masterson, sino también a Ringo Starr, Joe Palooka y otros de igual prosapia, inmersos en una permanente alusión a los recalentados éxitos del hit parade ibérico.
La novela de Lorenzo hace suyos igualmente los ropajes estilísticos se ese cúmulo de baratas novelas del oeste que desde hace mucos años se vienen publicando en España, y que en Latinoamérica suelen conformar en alto grado las lecturas de todo adolecente ocioso.
Pero si a primera vista parece que el autor de La Hostería del Tesoro ha leído muy bién a Marcial de Lafuente Estefanía, no es menos cierto que ha sabido asimilar a Kafka y a otros autores que de forma parecida abundan en el tema de la alienación contemporánea. La ironía y un marcado sabor generacional hacen de La Hostería de Tesoro algo más que un simple pastiche. Henry El Fullero, su personaje central, reprocha a sus mayores el mediocre destino que le ha tocado vivir, empleando estas palabras:
“Tú al menos puedes contar que atravesaste el desierto o buscaste oro en las montañas, pero yo siento que mi juventud pasa y no he podido hacer lo que he anhelado y ya las paredes de la hostería me parecen insalvables... Siento que todos estos años he estado luchando poe sobrevivir, empleando toda mi energía en ello, pero sin llegar nunca a vivir realmente” .
Y agrega:
“Mi uníca esperanza es llegar a Pénjamo. No quiero pasar todos los días de mi vida haciendo lo que otro quiera, diciendo lo que otro ha pensado por mí... Tombstone no se ha hecho para mí. Se lo regalo entero al que le guste”.
A estas alturas, sin embargo, la posibilidad de huir clandestinamente a Pénjamo ha dejado de ser una alternativa aceptable para Henry. Llegado el momento, optará por permanecer en el afantasmado pueblo, donde ni la Gran Feria Fronteriza, con su galería de pintorescos invitados extranjeros, parece ser capaz de disipar el mortal tedio instaurado por Pecos Bill y sus secuaces. El Fullero, acostumbrado a vivir de milagros, se confiesa vencido:
“Hay un límite a la resistencia de cada uno. Si lo pasas, nunca más vuelves a ser el mismo. Cuando uno lleva mucho tiempo perdiendo, aun cuando gane alguna vez, lleva dentro de sí para siempre el sabor de la derrota”.
Al final de su obra , Lorenzo permite al lector atisbar la realidad que sustenta a esta pesadilla disfrazada de tira cómica. El Fullero, paseando entre los quioscos de la desoladora Feria Fronteriza, se da de bruces con el pintor Bellechasse, devenido traficante de prendas femeninas. La tenebrosa realidad y la fantasía más tenebrosa aún intercambian pocas palabras y se despiden, quizás para siempre.
No cabe duda de que
La Hostería del Tesoro se habría beneficiado de una buena revisión antes de ir a la imprenta. Algunos pasajes, así como la errática puntuación que a veces exhibe la novela, son demostrativos de un talento que merece pulirse. No obstante, con su primer libro, Ismael Lorenzo ha sabido expresar —sin recurrir a los consabidos arabescos formales— el sentir de una generación silenciada y olvidada (olvidada particularmente por la literatura ), y al hacerlo se ha revelado como un buen narrador, que es como decir, todo un novelista.
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Comentario (21 comentarios)
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Saludos y gracias.
http://gemamoralejapaz.tripod.com
por cierto ahora voy a madrid y me pasare a tomarme unas cervecitas con el a tu salud....
Muchas gracias por la invitación a participar en la revista "Sinalefa". Te adelanto que en mi caso sólo podrían ser notas breves o narraciones cortas.
Un gran saludo, roberto
Un abrazo
un saludo.
Un saludo cordial
Búhamente,
Mariú
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