
Hago el ejercicio de la doble.
La del dialecto ensayado en el letargo del exilio.
La que puede transitar los dos lados y volver
farfulladora y alegre
con un gato maltratado entre las piernas.
Soy la adolescente proscrita y cruel
y la sensible del diario de Anna Frank.
La que traiciona a sus hermanas
por un beso de columpio
y salva a sus amigas
por un cigarrillo a la intemperie.
Soy la madre y sólo madre,
la que desteje su aroma de molusco
para alumbrar el nacimiento de su hijo,
la ninfa que se evapora, la matrona despeinada.
Soy un hombre también. Por fin soy un hombre.
Un muchacho fijado al deseo del héroe.
El buscador de amparo, el travestido,
el maquillador de la mejor actriz.
Y Mr. Hyde que mece en los brazos a un niño,
el horror y su forma rebuscada de sinceridad.
La preferida de Lewis Carroll,
y la desposada de Nosferatu,
perenne y desagradable,
dispuesta a morir.
Hago el ejercicio de la doble.
La dos veces nacida.
La dos veces invisible.
Entretanto, mi desacuerdo sueña
con el signo de ser nadie.
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Hay una llama colgando del sol.
Hay un perro transparente.
Hay una película de amor
y una canción que me recuerda un perfume.
Hay una esquina. San Juan y Boedo.
Hay un programa de radio
y una niña con el pelo suelto y lacio
como los toboganes de la infancia.
Hay un abrazo y un beso.
Y un chelo que suena
en una casa alquilada.
Hay una película de amor
y un perfume que me recuerda
una canción de otro tiempo.
Hay un juego de llaves.
Hay un espejo, infinito,
y dos que se miran en él
mientras hacen el amor.
Hay un vino oscuro como la noche
cuando se vuelve azul.
Hay un vaso de leche
y galletas de chocolate.
Hay un viaje. Y otro. Y otro.
Y una casa más grande.
Llena de plantas y libros.
Hay trenes. Y coches. Y aviones
que disparan el miedo
contra un corazón blanco.
Hay otros que miran
y dos que miran a otros.
Hay una llama colgando
de un sol en penumbra.
Hay la transparencia
más allá de la imagen.
Hay ropa tirada
en el suelo de madera.
Hay un vaso de agua, solo,
al final de la noche.
Hay flores. Vivas y muertas.
Y mar. Hay mar. Gaviotas que retroceden
hasta el inicio de un sueño
donde dos hacen el amor
delante de un espejo.
Hay calcetines. Y zapatos de colores.
Hay ojos grandes como peces.
Y peces que se muerden los ojos.
Hay pájaros. Y una isla en lo alto.
Hay aviones adentro de los coches,
coches dentro de los trenes, y trenes
donde se escucha un programa de radio
en el que nace una muchacha
con el pelo suelto y lacio
como un manojo de llaves.
Hay una esquina. San Juan y Boedo.
El tamaño en declive
de una encrucijada.
Hay una nuez en un plato.
El corazón de una manzana
lamiendo los bordes de la casa.
Un almuerzo listo.
Dos que esperan.
Hay una película de amor
y la canción que me recuerda
el perfume.
Hay algo donde no había nada.
Hay nada en cualquier
lugar donde haya algo.
No hay nada.
Dos haciendo el amor
enfrente de un espejo.
Saludos
Cómo lo haces para estar un día en un lugar y luego regresar a medio día de la fronteras que nos une más que nos separa l.
afectuosamente para que tus ojos me recuerden si me pierdo en una calle de Buenos Aires
Dos veces invisible (sin H. G. Wells)
Hago el ejercicio de la doble.
La del dialecto ensayado en el letargo del exilio.
La que puede transitar los dos lados y volver
farfulladora y alegre
con un gato maltratado entre las piernas.
Soy la adolescente proscrita y cruel
y la sensible del diario de Anna Frank.
La que traiciona a sus hermanas
por un beso de columpio
y salva a sus amigas
por un cigarrillo a la intemperie.
Soy la madre y sólo madre,
la que desteje su aroma de molusco
para alumbrar el nacimiento de su hijo,
la ninfa que se evapora, la matrona despeinada.
Soy un hombre también. Por fin soy un hombre.
Un muchacho fijado al deseo del héroe.
El buscador de amparo, el travestido,
el maquillador de la mejor actriz.
Y Mr. Hyde que mece en los brazos a un niño,
el horror y su forma rebuscada de sinceridad.
La preferida de Lewis Carroll,
y la desposada de Nosferatu,
perenne y desagradable,
dispuesta a morir.
Hago el ejercicio de la doble.
La dos veces nacida.
La dos veces invisible.
Entretanto, mi desacuerdo sueña
con el signo de ser nadie.
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