Iniciando, un cuento atrasado de Albanta. "El Disfraz"
// El Disfraz //
Aquel año fue mi primera vez. Cuando doblé la esquina de la calle Mesa y López y me enfrenté cara a cara con el denominado “Mogollón”, que ocupaba todo el paseo junto al puerto hasta la plaza de Santa Catalina, no pude evitar sorprenderme, y eso que el estruendo de cientos de canciones que peleaban por la supremacía en el patio de casetas, como las luces de colores cambiantes que veía reflejadas en las paredes y ventanas de los edificios antes de llegar a aquel punto me prepararon para algo grande. Aun así no fue bastante.
Yo, “godo” recién llegado a Las Palmas, novato en esto del Carnaval, miraba con cara de asombro, casi asustado, a esa multitud de seres fantásticos e irreales que bebían y bailaban en perfecta armonía. Había frutas enormes, payasos de rizadas pelucas coloreadas, brujas, monstruos, fantasmas de sábanas blancas y muchas, muchas mujeres que mostraban sin pudor sus cuerpos varoniles cubiertos de vello, que me hacían proposiciones deshonestas con su voz hombruna y me lanzaban besos con sus bocas cubiertas de gruesos mostachos.
Yo desentonaba con mi raído vaquero y mi camiseta. Por mi vestimenta cotidiana estaba fuera de lugar. Pero el ritmo de la salsa y la total desinhibición que mostraban todos, hicieron desaparecer cualquier intento de alienación por mi parte. De camino a la caseta 72, donde había quedado con unos amigos, bailé con un par de monjas y un Arlequín, recibí algunos besos que dejaron un borrón de carmín en mi cara y olor a ron amarillo, y fui intimidado por algunos seres deformes y contrahechos de cara viscosa y repugnante. Tropecé veinte veces, y otras tantas choqué con alguien que detuvo mi caída, y al fin, contagiado por la fiesta y con una enorme sonrisa llegué a mi destino. Solo reconocí a mi compañero de piso, al resto, un gladiador, un vampiro, un Charlot de precioso busto, un demonio rojo con cuernos y rabo, y unas sensuales bailarinas árabes de insinuantes curvas y vaporosos velos, fui presentado de manera informal una vez que me habían puesto en la mano un cubata en vaso de plástico.
El ruido no hacía posible una conversación, y el Carnaval no estaba hecho para charlar. El sentido de la fiesta es el gozo de vivir por unas horas sin barreras, sin límites, totalmente libre de prejuicios. No tardé en darme cuenta de esto y me dispuse a disfrutar como el que más.
El ritmo no tiene fin, ni el alcohol, por lo que al poco rato de abandonarme a ellos, mi cuerpo flotaba en un mundo de bienestar que mi vista no lograba enfocar con claridad. De todas formas, tal vez debido a que para mí todo era nuevo, no dejaba de observar curioso las acciones y reacciones de todos aquellos que me rodeaban. Alfonso, que así dijo llamarse el diablo rojo, resultó ser alguien perverso que encontraba diversión en pequeñas travesuras como vaciar o cambiar los cubatas que se ponían a su alcance y quemar los disfraces de los demás con la punta de su cigarrillo. Yo me dejé hipnotizar por el sugerente pecho del Charlot, y por las caderas que adivinaba bajo ese traje cuando bailaba agarrándolo por la cintura. No había pasado mucho rato cuando mi excitación borraba toda su vestimenta y me dejaba ver en su plenitud a la preciosa mujer que había dentro. Cuando la abandoné un momento y me fui a la barra a por otra copa, Alfonso me dijo con una pícara sonrisa mientras la señalaba con un movimiento de cejas.
— La tienes en el bote.
— Está buenísima, — confirmé— pero tengo novia.
— ¿Y? — Preguntó con tono de burla— ¿Piensas contárselo?
Nunca he sabido luchar contra ciertos impulsos. Sin decir nada acepté el condón que me ofrecía con descaro sujetándolo con la punta de los dedos a la altura de mis ojos, y con él apretado en mi mano me dirigí a donde estaba la chica. Pude ver de reojo que Alfonso ponía la zancadilla a alguien y le hacía caer, pero no le presté atención, mis urgencias eran otras.
Nos fuimos no muy lejos, cerca del muelle. El edificio de aduanas proyectaba sus sombras sobre el aparcamiento donde estaba el coche que utilizamos de apoyo. El deseo desatado, la calentura, lo prohibido, todo se unió para hacer un polvo salvaje, corto e intenso. Mientras los efectos del orgasmo se diluían en nuestra respiración profunda y jadeante me salí de ella. Cuando intentaba quitarme el preservativo me vino clara y rápida, como el flash de una cámara, la certeza de que el travieso diablo rojo con cuernos y rabo, al igual que yo, no llevaba disfraz.
— ¡Maldito hijo de puta!— Grité asustado.
El condón tenía un pequeño corte en su punta, por donde se salía el semen que manchaba mi mano…
Comentario (15 comentarios)
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Exacto, ¡a las barricadas!
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